Solo existían unas manos que su cuerpo aceptaba completamente.
Aquellas manos no eran precisamente las más suaves; a veces el toque era rudo, pesado, demandante.
Pero era un toque que la hacía sentir viva.
Esto, en cambio…
Estefanía empujó con todas sus fuerzas al hombre que tenía delante.
Él retrocedió tan solo un paso con una sonrisa divertida en los labios.
Luego, sacó un fajo de billetes de su cartera.
Eran muchos.
Una suma por la que cualquiera se pensaría las cosas dos veces.
Quizás, si ella siguiera siendo aquella chica desesperada que anhelaba salvar a su hermano, hubiera aceptado el dinero sin dudarlo.
Ahora, en cambio, no lo necesitaba.
De un solo manotón hizo caer los billetes al suelo, quedando desparramados en la pequeña sala de descanso.
El hombre no se inmutó ante su rechazo; su sonrisa se amplió.
—Te has vuelto una perrita codiciosa, ¿eh? ¿Quieres más? —hizo el ademán de sacar más dinero.
—¡No quiero nada que provenga de usted! ¡Y quítese de mi camino o gritaré! —habló con firmeza, rechazándolo.
La expresión de burla de Rodrigo se desquebrajó por un segundo, antes de que una frialdad inusual cubriera sus ojos verdes.
—¿Así? Adelante —la retó él, como quien sigue teniendo el control absoluto de la situación y no está siendo amenazado—. Llama a todo el mundo y de paso le decimos a qué te dedicas y qué eres de Cristian. Seguramente todo el bufete estará encantado de saber que el abogado número uno de este lugar tiene a su lado a una prostituta. Pero piénsalo bien antes de hablar, porque él siempre ha cuidado mucho su reputación.
Estefanía abrió muy grande los ojos, comprendiendo que aquello podría ser un escándalo desfavorecedor para Cristian.
—¿Y te cuento algo más? —se inclinó para susurrarle al oído como un demonio, cuya única misión es dar consejos maliciosos—. En realidad, puede que un día Cristian sea el dueño de todo esto, pero por encima de él sigue habiendo alguien más; alguien que lo odia y a quien él odia profundamente. ¿Sabes quién es? ¿Tienes siquiera una idea?
Sacudió la cabeza con curiosidad.
—Su padre —reveló Rodrigo con simpleza. Como si estuviera diciendo el nombre de cualquier otra persona.
—¿Qué…?
No entendía de qué estaba hablando este hombre. Seguramente había perdido la cabeza.
—¿No me crees? ¿Quieres comprobarlo? Acompáñame.
Sabía que era mala idea seguirlo, pero de todas formas lo hizo.
Estefanía terminó en la oficina de Rodrigo.
El hombre caminó directo hacia su archivador, sacó una carpeta y de su interior extrajo el recorte de un viejo periódico de prensa rosa.
En el titular principal destacaba el aniversario de bodas de la influyente familia Sterling, pero lo que realmente capturó su atención fue la impactante fotografía.
En la imagen, un Cristian notablemente más joven, con el cabello desordenado y la ropa desarreglada, era firmemente sometido por dos guardias de seguridad. Justo frente a él, un hombre mayor y de facciones duras —cuya mirada le recordaba a la del propio Cristian— le propinaba una bofetada en el rostro.

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