Desde la muerte de sus padres, sus noches estuvieron plagadas de pesadillas.
Estefanía deseaba que este momento fuera uno de esos, donde bastaba con abrir los ojos para regresar a la realidad.
Las pesadillas eran crueles, dolorosas, pero se esfumaban con el despertar.
Esto, en cambio…
Cerró los ojos con fuerza, echándose hacia atrás hasta quedar sentada en el piso de la oficina.
Lágrimas de la más profunda tristeza corrían por sus mejillas, mientras los segundos transcurrían uno a uno, en un silencio asfixiante.
Sentía como si manos fuertes apretaran su cuello, llevándola directamente a una muerte lenta y dolorosa.
La muerte en manos del hombre que amaba.
Eso no era precisamente conmovedor.
Al final su vida había sido eso: una desgracia tras otra. Solo dolor.
—Cristian, yo no… —balbuceó, abriendo los ojos para observar al hombre que no había dejado de mirarla ni un segundo.
Sus ojos eran tan fríos. Ni siquiera podía decir que estaba enojado. El sentimiento parecía ir un poco más allá.
En ese instante, Rodrigo soltó una risita, acomodándose los pantalones con diversión.
—Amigo, perdón que nos tengas que ver así —comentó con tono jocoso, subiéndose la cremallera sin una pizca de vergüenza—. Pero tu perrita resultó ser una chica bastante codiciosa. Como estabas ocupado, vino a mamar mi polla; parece que no puede estar sin un pene en la boca.
Solo bastó eso para que la cabeza de Cristian se girara lentamente hacia el hombre.
El movimiento fue completamente antinatural, como un demonio que acaba de despertar de su letargo.
Una sonrisa cruel y apenas perceptible se formó en sus finos labios.
Aquello solo fue la antesala a la tormenta.
El resto ocurrió demasiado rápido.
Antes de que Rodrigo pudiera reaccionar o borrar su estúpida sonrisa, Cristian lo estrelló con fuerza contra el escritorio.
Todo salió volando: portapapeles, bolígrafos, documentos en los que seguramente el imbécil estaba trabajando.
Pero nada de eso importaba ahora.
Estefanía ahogó un grito cuando las manos de Cristian apretaron sobre el cuello de su amigo con intenciones claramente asesinas.
El rostro de Rodrigo comenzó a tornarse lívido, y sus manos arañaron inútilmente los antebrazos de Cristian, buscando oxígeno.
Pero la mirada de Cristian no flaqueó; sus ojos negros brillaban con un objetivo.
—No me gusta que toquen mis cosas —ladró.
Rodrigo intentó balbucear una disculpa en medio de su desesperación.

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