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El juguete del abogado romance Capítulo 29

Estefanía casi no podía ver nada. Sus ojos empañados le imposibilitaban la visión.

Fue vagamente consciente de alzar la mano para parar a un taxi. Se subió encogiéndose en sí misma en el asiento trasero.

—¿A dónde, señorita? —preguntó el conductor.

Pensó en sus opciones ahora que él la había despreciado.

Algo le decía que no quería volver a verla, pero no podía renunciar a estar a su lado.

Javier, todavía los unía.

Pero no era solo Javier. Había otro lazo. Uno que se había estado formando en su corazón durante todos esos meses compartidos.

Antes, ella no había tenido tiempo para experimentar nada de esto.

Amor romántico.

Aquello era un término ajeno hasta que lo conoció.

Su trato no siempre fue el más dulce, pero ella terminó aferrándose a esos pequeños momentos de bondad que le mostró, justo como lo que era, una huérfana que hacía tanto tiempo que no experimentaba la preocupación sincera de alguien.

O quizás hasta era menos que eso… Era similar a un animalito rescatado que se encariña con la mano que lo alimenta, sin importar que a veces esa misma mano se cerrara para golpearlo.

—¿Señorita?

—Ah, sí, disculpe.

Se obligó a regresar a la realidad, mientras le dictaba el nombre del edificio de Cristian.

Esa noche lo esperó despierta.

No fue hasta las dos de la madrugada que las puertas del piso se abrieron.

El hombre entró, justo como la primera vez, con un maletín en la mano. Un maletín que arrojó al sofá sin cuidado, mientras se desajustaba la corbata.

Ella quiso acercarse, dar un paso al frente y hablar. Ser sincera. Decirle que verdaderamente nada era lo que parecía, aunque no tuvo más opción que mentir delante de aquel sujeto.

Pero la mirada de Cristian y el asco en sus ojos la dejaron paralizada.

—¿Qué pasa? —dijo él con una sonrisa ladina—. ¿No puedes dormir porque no te follaron esta noche?

Sintió una punzada en el corazón.

¿Qué estaba insinuando este hombre?

—Cristian… —Solo logró balbucear su nombre ante el impacto de sus palabras.

—Apúrate —hizo aquel gesto con el dedo llamándola como si fuera una mascota—. Quizás todavía tengas tiempo de mamar otra polla.

—No. No voy a hacer eso.

El paso que pretendía dar hacia adelante, lo retrocedió de forma instintiva, refugiándose inútilmente contra la pared a su espalda.

—Mmm, ¿por qué no? ¿Te parece que la de él es más grande o no te gusta la mía?

—Cristian, no hagas esto… —Suplicó, sintiendo una debilidad en todo el cuerpo. A este punto ni siquiera sabía cómo sus piernas eran capaces de sostenerla.

—¿Hacer qué? ¿Tratarte como lo que eres? —se burló, caminando con determinación hacia ella.

Fue entonces cuando percibió aquel olor.

Alcohol.

Había estado bebiendo, aunque no se veía exactamente como un hombre ebrio.

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