El armario de su habitación estaba repleto de ropa. Todas y cada una de esas prendas se las había comprado Cristian.
Estefanía no quiso tomar ninguno de esos conjuntos caros. Se limitó a estirar la mano para alcanzar el vestido que se hallaba en el fondo.
El mismo con el que había llegado a ese departamento meses atrás.
Desnuda, luego de darse una ducha, se enfundó en él.
Tomó el bolso que contenía sus pocas pertenencias y caminó a la salida, lista para irse de ese lugar.
Antes de hacerlo tenía que hablar con Cristian para llegar a un acuerdo en el que le permitiera llevarse a Javier a pesar de ser él su tutor legal.
Esperaba que se compadeciera, aunque seguramente le estaba pidiendo demasiado a su suerte.
Ella no tenía eso, en realidad.
Era sábado por la mañana.
Luego de dos días seguidos donde él se había tomado el tiempo para embriagarse, ella esperaba encontrarlo en el despacho como era común.
Sin embargo, escuchó ruido proveniente del gimnasio.
Al asomarse, lo vio de espaldas, golpeando con fuerza un saco de boxeo.
Se detuvo en seco.
Sabía que esos puños eran letales y capaces de dejar a cualquiera al borde de la inconsciencia. Sin embargo, no le gustaba la violencia. No en él, quien siempre había sido un hombre controlado.
—Cristian… —murmuró bajito, apretando el bolso contra su pecho.
El hombre giró la cabeza.
Sus ojos la atraparon en esa órbita opresiva que era capaz de cortarle el aliento.
No le había dicho ni una sola palabra y ya ella sentía que no podía hacer esto.
Pero necesitaba hacerlo.
—Yo… —Se mordió el labio inferior con fuerza, bajando la mirada—. Me… me voy.
Él no contestó nada.
Se tomó el tiempo para alejarse del saco, desprenderse de los guantes de boxeo, agarrar una toalla que se hallaba cerca y secarse el sudor de su frente y cuello.
Todo con extrema parsimonia.
Estefanía permaneció de pie frente a él, como un soldado que debe rendir cuentas a su superior.
Cristian la barrió con la mirada de arriba abajo. Una sonrisa cruel y carente de humor asomó en sus labios.
—¿Y qué haces aquí todavía? —preguntó con una indiferencia que dolía.
En efecto, no le importaba si se iba o no.
Pero seguía existiendo un detalle.
Uno muy importante. Demasiado.
—Cristian, Javier es mi hermano… —dijo, con el último rastro de valor que le quedaba—. Yo quiero…
—¿Tú quieres? —la interrumpió él, soltando la toalla al suelo mientras caminaba hacia ella—. Tú no estás en posición de querer nada, Estefanía.
Se detuvo a solo centímetros, obligándola a levantar la cabeza para mirarlo.
—¿Necesitas que te recuerde en qué consistía este trato?
No, no lo necesitaba; pero dado su odio actual, dudaba que él quisiera seguir adelante con esto, a menos que su único objetivo fuera torturarla.
—Por favor, Cristian… —suplicó ella, juntando las manos—. Solo permíteme llevarme a Javier. Nos iremos lejos y no volveremos a molestarte.
No hubo compasión de su parte.
La miró desde su altura, imponente.
—Si tanto quieres irte, hazlo sola —sentenció él—. Javier se queda.
—Cristian, no puedo dejarlo. Él es…
—¿Qué más da si es tu hermano? La ley me otorga un derecho sobre él que tú no tienes ni tendrás.
Sus palabras fueron demoledoras.

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