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El juguete del abogado romance Capítulo 31

Al final del cementerio, en un área exclusiva, había dos lápidas. Una grande y otra pequeña.

Cristian Sterling se acercó a ambas con un ramo de flores para cada una.

Para la mujer que yacía bajo tierra, había traído peonías blancas. Sus favoritas. Para su hija, quien no alcanzó a nacer, claveles blancos porque la florista le dijo que representaban la inocencia.

Estuvo de pie delante de ambas tumbas por al menos veinte minutos.

No tenía nada que decir.

Salvo disculparse por ser de carne débil.

Los amores para siempre no existen, ya sea la muerte o el tiempo, pero siempre terminan apagándose.

Nunca más perdería el tiempo en tonterías como el afecto.

Dio un paso atrás y asintió a la nada.

Llevaba exactamente siete años cumpliendo con esa rutina autoimpuesta.

A este punto ya ni siquiera sabía por qué lo seguía haciendo.

Quizás para que el cementerio no dejara de figurar como un sitio visitado en el reporte mensual que su padre recibía sobre sus pasos.

Pero estaba seguro de que ni siquiera así Gonzalo Sterling sentiría culpa por lo que hizo.

La voz de su progenitor resonó en su mente, igual de cruel y nítida como poco después del entierro.

—El mejor favor que te pudo hacer esa mujer fue morirse, Cristian. No te convenía.

Y desde el inicio, Gonzalo Sterling decidió que Graciela no podía ser la mujer que estuviera a su lado.

Él, en su afán de llevarle la contraria, se empeñó más en tenerla.

Como resultado, la llevó a una muerte segura.

Pero ya no podía devolver el tiempo. Y lamentarse no era su estilo.

En cambio, tenía un mejor plan.

Le daría a Gonzalo justo lo que quería: el heredero perfecto. Uno que no le importaría aplastar a su propio padre con tal de llegar a la cima.

Dio media vuelta; justo en ese instante, sonó su teléfono.

Cristian lo sacó del bolsillo de su saco.

Al ver el identificador de llamadas en la pantalla, sus facciones se endurecieron y sus cejas se juntaron en un gesto de profundo desagrado.

Era Rodrigo.

Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el aparato al oído, volviendo a su expresión neutral de siempre.

—Hermano, ¿dónde estás metido? —soltó el hombre al otro lado de la línea, con ese tono burlón y confianzudo.

Conocía a Rodrigo desde la universidad y habían sido buenos amigos hasta hace exactamente una semana.

Desde lo que presenció en su oficina, no había podido evitar verlo como un enemigo más.

—Estoy ocupado. ¿Qué quieres?

Su tono cortante no le pasó desapercibido.

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