Estefanía se acercó con cautela al auto.
Había salido del salón apresurada, pero justo ahora había perdido la confianza para acercarse.
Sin embargo, lo hizo.
Tragó saliva para darse valor y no miró al hombre mientras subía.
Sus pestañas revolotearon ansiosas y se mordió el interior de la mejilla.
Cristian no arrancó de inmediato.
Al observarlo de reojo, noto que él mantenía la vista fija hacia el frente, con una mano apretando con fuerza el volante.
Inquieta ante tanto silencio de su parte, pensó en saludarlo o decir alguna tontería, pero al recordar lo desalmado que había venido siendo, solo pudo suspirar dentro de sí.
—¿Me… necesitabas para algo?
Últimamente era como una especie de empleada doméstica. Así que supuso que tenía alguna labor para encargarle.
¿Qué más podría ser?
Pero tan pronto como esas palabras cayeron en el asfixiante silencio del auto, los movimientos del hombre apenas pudieron ser captados.
Una mano grande, de dedos ágiles e increíblemente despiadados, la tomó por la barbilla, acercándola hacia su cara.
Sus ojos se agrandaron ante la casi nula distancia.
El miedo fue su reacción más instintiva.
Él arrugó apenas la nariz mientras la miraba con unos ojos que desprendían una furia viva.
¿Qué había hecho?
¿Por qué su odio parecía explotar de la nada?
No lo entendía.
—Cristian… —balbuceó tratando de que la soltara.
Fue entonces cuando los labios del hombre chocaron contra los suyos.
Su beso la dejó sin palabras en medio de una contradicción que se sentía incapaz de comprender.
El odio parecía ser su motor.
Pero la boca de ella lo recibió de la única forma que sabía: con suavidad y un amor que ya no podía apagar en su corazón.
Cerró los ojos y dejó que se descargara como quería.
No quería ser un objeto para él, pero si su misión era esta, entonces la aceptaría.
Los segundos transcurrieron así.
El aire se hacía cada vez más escaso. En un intento por aplacarlo, alzó lentamente la mano, buscando su rostro, queriendo acariciar su mejilla.
Antes de que sus dedos rozaran la piel de Cristian, él atrapó su muñeca en el aire.
Una presión firme la empujó hacia atrás, regresándola a su asiento sin ningún rastro de delicadeza.
Como si nada pasara, el hombre metió el cambio y arrancó el vehículo.
Mientras aceleraba con la mirada fija en la carretera, su voz resonó en una clara advertencia:

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