El rostro de Cristian no mostró la menor alteración. Nada. Ni sorpresa, ni burla, ni una pizca de empatía.
Estefanía sintió que sus palabras acababan de ser lanzadas al aire, perdiéndose en el espacio, sin alcanzar a llegar a ninguna parte.
Suspiró y se dispuso a irse junto con sus sentimientos ignorados.
Pero antes de que pudiera dar un solo paso, la mano de Cristian se cerró alrededor de su muñeca, tirando de ella.
—Ven aquí —ordenó, dándole un pequeño empujón para acomodarla de nuevo sobre su regazo—. Siéntate.
Estefanía obedeció sin fuerzas para resistirse.
Cristian apartó el cabello de su hombro y enterró la cara en su cuello. Un segundo después, clavó sus dientes en la piel sensible, arrancándole un jadeo antes de lamer la zona con inesperada devoción, casi como si lamentara lastimarla.
—Me gustas —murmuró contra su piel, mientras sus dedos se clavaban en sus caderas a un punto doloroso—. Me vuelves loco la mayor parte del tiempo, Estefanía. Pero ¿amor? No. No vamos a jugar a eso.
Ella quiso preguntarle por qué no, pero el hombre ya estaba haciendo a un lado su pantalón de dormir para clavarse en su interior nuevamente.
De un solo empujón, su miembro caliente la atravesó por completo, abriéndola con fuerza, nublando su mente y haciéndole olvidar cualquier cosa que le estuviera diciendo.
Estefanía soltó un gemido entrecortado al sentir cómo la llenaba hasta el fondo, estirándola sin piedad.
El hombre gruñó contra su cuello y comenzó a moverla arriba y abajo sobre su polla, levantándola casi por completo solo para dejarla caer con violencia.
—Joder… —maldijo entre dientes, la voz ronca y cargada de deseo—. Tan apretada… tan jodidamente mía.
Su miembro entraba y salía a un ritmo que apenas podía soportar, golpeando profundamente, rozando cada punto sensible mientras sus caderas se elevaban para encontrarse con ella con estocadas brutales.
Y así la manejó, haciéndola saltar en su polla una y otra vez, hasta que estuvo lo suficientemente exhausta.
Él mismo la cargó y la llevó a su habitación, dejándola sola en la cama antes de marcharse.
A la mañana siguiente, le dolía cada espacio de su cuerpo. Todo protestaba como muestra fehaciente del poco autocontrol que tenía aquel hombre en el sexo.
La rutina se retomó de esa manera.
Noche tras noche la llamaba, negándose a tocar cualquier tema que involucrara sentimientos.
Aunque, en el fondo, ella sabía que le gustaba que lo amara, porque le gustaba tener el control, y sus sentimientos hacia él le daban exactamente eso: más poder.
Un par de días después, Cristian le ordenó acompañarlo a un evento relacionado con el bufete.
Era la primera vez que él voluntariamente la sacaba de casa. Así que estaba más que extasiada. Sobre todo porque él le había dado su tarjeta y le había dicho: «Cómprate lo que quieras». Se refería a un vestido para lucir esa noche.

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