Un día antes…
Gonzalo Sterling avanzó hacia la oficina principal del bufete, una cuya inscripción actual contenía el nombre de Cristian. Su sola presencia infundía un respeto absoluto en cada rincón del lugar.
Los abogados que allí ejercían hacía bastante tiempo que no lo veían, pero ahora, ante su inesperada visita, todos adoptaban una actitud de respeto y total sumisión.
Conocían su reputación: décadas de carrera impecable, donde cada juicio ganado era una demostración de poder y cada rival terminado era una advertencia de lo que significaba enfrentarlo.
Le temían. Cada uno lo hacía.
Alzó el mentón, mientras su lustroso zapato de cuero italiano marcaba un paso en el piso de mármol.
—Señor Sterling… qué honor verlo por aquí —saludó una voz conocida.
El dueño de la misma se paró frente a él, acomodándose la corbata con cierto nerviosismo.
—Stone, ¿no? —estrecho con firmeza la mano que le ofrecía.
—Sí, señor —dijo Rodrigo, satisfecho de que lo recordara.
Gonzalo asintió, mientras pretendía continuar con su camino.
Recordaba apenas al joven frente a él. No era precisamente un abogado destacado, pero había logrado entrar a su bufete gracias a que había sido compañero de clase de Cristian y, desde la universidad, no dudaba en reportarle cada paso de su hijo. Sobre todo en aquella época donde Cristian había sido especialmente rebelde.
—¿Viene a ver a Cristian? —se apresuró a preguntar, señalando la puerta de la oficina de su hijo—. Déjeme cerciorarme de que esté solo antes de que pase.
Lo más simple hubiera sido suponer que se refería a que Cristian podría encontrarse en alguna reunión de trabajo. Pero no. Era demasiado viejo como para darse cuenta cuando alguien buscaba la oportunidad exacta para soltar un golpe.
Y este parecía ser el caso de Rodrigo.
—¿A qué te refieres?
Dijo las palabras que seguramente el hombre estaba esperando.
Rodrigo se acercó un paso más, bajando el tono de voz con una malicia mal disimulada.
—Cometí un error, señor —confesó, aunque no se veía genuinamente arrepentido por ello—. Le presenté una mujer que no debía a Cristian… y ahora anda algo distraído.
No se inmutó. Su gente ya le había entregado fotografías de la chica entrando y saliendo del apartamento de su hijo. Conocía su rostro, pero no quién era realmente.
—Habla claro.
—La saqué de un burdel, señor Sterling —soltó él sin dudarlo.
En ese instante, su mirada se ensombreció.
Rodrigo no se detuvo. Se acercó más y bajó el tono de un modo patético.
—Hasta se hizo tutor legal de su hermano pequeño. Ha perdido la razón por esa mujer. Yo creo que esto es mucho peor que lo de Graciela…
Ese nombre…
—Cierra la boca —lo cortó de inmediato.
Gonzalo dio un paso al frente y acortó la distancia que los separaba, haciendo que el otro retrocediera por puro instinto.
—¿Acaso no tienes trabajo que hacer en este bufete, Stone? —lo acorraló con una mirada afilada—. Si dedicaras más tiempo a tus casos, no serías un abogado mediocre.

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