Estefanía se obligó a mantener la compostura. Estar al lado de Cristian era como estar a salvo de todo.
Quizás estaba poniendo demasiada confianza en un hombre, pero así era como se sentía la mayor parte del tiempo.
Gonzalo dio un paso más hacia ellos, sin quitarle la mirada de encima.
Sus ojos oscuros eran similares a los de su hijo, aunque debía decir que los de ese hombre estaban completamente muertos.
—Pero qué grata sorpresa… —dijo él en un tono amistoso—. No sabía que mi hijo había decidido venir tan bien acompañado esta noche.
El hombre inclinó levemente la cabeza en un gesto caballeroso.
—Es un absoluto placer, encantadora señorita. Gonzalo Sterling —se presentó, manteniendo la vista fija en ella—: Debes de ser alguien realmente especial para que mi hijo haya decidido traerte.
Le dedicó una mirada a Cristian, quien se mantenía al margen, pero con los ojos fijos en su padre, como si esperara un solo movimiento en falso de su parte.
—¿Y tu nombre? ¿No me lo vas a decir? —continuó Gonzalo con una amabilidad que le pareció demasiado falsa.
Estar bajo el peso de aquellos ojos la hacía sentir verdaderamente incómoda.
Justo ahora dudaba de todo.
Dudaba de si la ropa que había elegido era la adecuada, dudaba de la postura de su cuerpo delante de él; quizás estaba demasiado encorvada, quizás parecía una burla de mujer.
—Estefanía… —logró articular, aclarándose levemente la garganta para disimular el temblor de su voz—. Un placer, señor Sterling.
Él estrechó su mano. Un segundo. Dos. El apretón se sentía profundamente desagradable. No era un saludo común; era una evaluación minuciosa que le hizo erizar la piel.
Los ojos del hombre se tornaron más oscuros y depredadores, como los de un cazador midiendo a su presa antes de dar el primer golpe.
Cristian intervino en ese preciso instante. Tiró suavemente de ella, apartándola del hombre.
—Si nos disculpas, padre —dijo Cristian con un tono que pretendía ser respetuoso, pero que no alcanzó a llegar a eso—, hay algunas personas a las que debemos saludar.
Sin esperar la respuesta de Gonzalo, se la llevó con él, guiándola entre la multitud.
El resto de la velada, Estefanía sintió que un escalofrío le recorría constantemente la nuca, obligándola a buscar involuntariamente la figura de Gonzalo entre la gente.
Y sus temores no eran infundados.
Se encontró con sus ojos un par de veces más a lo largo de la noche. En la última, el hombre alzó la copa de cristal que sostenía a modo de brindis, dedicándole una sonrisa.
No pudo evitar encogerse sobre sí misma, pegándose instintivamente más al costado de Cristian.
Sintió de inmediato cómo el cuerpo de Cristian se tensaba a su lado. Él no giró la cabeza hacia su padre, pero sus dedos apretaron con más fuerza la cintura de ella, atrayéndola.
—Erguida, Estefanía —le murmuró al oído, con una voz baja, áspera y tajante—. No le muestres miedo.
Ella tragó saliva, tratando de nivelar su respiración alterada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado