Estefanía no esperaba estar nuevamente delante de este hombre tan pronto. Mucho menos en estas circunstancias.
Según lo que sabía y entendía, Gonzalo Sterling era un hombre poderoso, alguien que se suponía que defendía la justicia, no que ordenaba secuestros.
Pensó que en todo esto debía existir alguna especie de confusión, ya que para ella carecía de toda lógica.
—Señor Sterling… ¿qué significa esto? —logró preguntar, tratando de controlar la inestabilidad de su respiración—. Supongo que debe haber un malentendido.
—No hay ningún malentendido, señorita —respondió Gonzalo, con una voz grave y pausada, como si estas fueran unas circunstancias normales y no lo que eran en realidad—. Eres exactamente la persona a la que deseaba ver.
—En ese caso… me hubiese enviado una invitación —repuso con cautela, sin entender sus verdaderas intenciones. Pero algo dentro de sí le decía que no serían agradables—. Con gusto habría aceptado reunirme con usted, sin necesidad de llegar a esto.
—¿Y quitarle lo divertido al encuentro? ¡Ni hablar!
Las palabras del hombre eran relajadas, como si no estuvieran hablando de haber enviado a dos matones a interceptarla a plena luz del día para arrastrarla por la fuerza a la puerta trasera de un vehículo. Como si privarla de su libertad fuera apenas un capricho sin importancia.
—No lo entiendo.
Verdaderamente no entendía qué pretendía.
De repente, las palabras de Cristian regresaron a ella:
«No le muestres miedo»
«Los hombres como él son depredadores. En cuanto ven a alguien encogerse, saben exactamente dónde morder. Si dejas que note tu debilidad, te destruirá solo por diversión».
Y justo eso pretendía.
Para Gonzalo Sterling, esto no era más que un juego de niños.
—Es simple —se inclinó ligeramente hacia ella—. Solo quiero entender qué hace una insignificante rata de alcantarilla intentando colarse en mi familia.
La amabilidad fingida de este hombre acababa de desaparecer por completo.
Ahora, un desprecio inocultable inundaba sus ojos negros.
—Una prostituta como tú, ¿qué pretende? —La miró de arriba abajo con asco, como si estuviera contemplando algo sucio—. ¿De verdad piensas que mi hijo se enamorará de ti? Las mujeres como tú solo sirven para pasar el rato. Son desechables. Y, ciertamente, no valen nada.
Había cosas que no se decían en voz alta. Como, por ejemplo, la cruel certeza de que Gonzalo no le estaba diciendo nada que ella no hubiera temido ya; porque, en el fondo, sabía que Cristian compartía exactamente el mismo pensamiento sobre ella.
Sus labios se formaron involuntariamente en un puchero. Pero intentó, por primera vez, no llorar. Quería ser fuerte, aunque realmente carecía de ello.
—Quizás no valga nada para usted, señor Sterling —dijo con la voz temblorosa, pero sosteniéndole la mirada sin dejarse intimidar—, pero tampoco soy un juguete con el que pueda entretenerse. Si tiene un problema con su hijo, tómelo con él, no conmigo.
—¿Que no eres un juguete? —se rio el hombre con maldad—. Quizás tengas razón, eres menos que eso. Eres solo basura. Y la basura se tira en cuanto empieza a apestar.
—Si yo soy basura, señor Sterling… usted debe ser un cobarde, que necesita mandarme a secuestrar para sentirse superior.
El golpe vino sin aviso.
Una bofetada cargada de furia le hizo girar el rostro.
Sintió el sabor metálico de la sangre en su boca.
Fue instantáneo.
—¿Sentirme superior? —gruñó Gonzalo, con sus ojos llameantes fijos en ella—. No te equivoques, mocosa. Yo no necesito sentirme superior. Lo soy. Y tú eres el tipo de persona que podría desaparecer en un segundo sin que nadie se preocupe por buscarla. ¿Sabes por qué? Porque no le importas a nadie. No eres nadie.
Las lágrimas de Estefanía caían sobre el asiento, mezclándose con la sangre de su labio roto.
—Pero te voy a dar una oportunidad —continuó Gonzalo, acomodándose el saco, como si acabara de sacudirse una brizna de polvo de encima—. Supongo que eres lo suficientemente inteligente como para entender lo que te conviene. Vas a desaparecer de la vida de mi hijo por ti misma.
Antes de que pudiera procesar la amenaza, uno de los hombres la sujetó del brazo y la arrastró fuera, lanzándola sobre la acera.
No conocía el lugar donde la había dejado. Era un sitio desierto y desconocido.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo, abrazándose a sí misma mientras un llanto ahogado le destrozaba el pecho.

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