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El juguete del abogado romance Capítulo 38

Lo primero que cruzó por la mente de Estefanía fue que sus oídos le estaban jugando una mala pasada.

Lo que Cristian acababa de decirle simplemente no tenía sentido.

¿Casarse?

¿Con ella?

Negó internamente, recordando las palabras crueles que Gonzalo le había dicho:

«Eres basura»

«Una prostituta»

En el fondo, sabía que Cristian también la consideraba como tal.

A través de su visión empañada, lo miró. Alto, imponente, hermosamente inaccesible.

La comisura de los labios de Estefanía se suavizó en una sonrisa triste. Sintió el impulso de alzar la mano y tocarlo.

Anhelaba pasar las yemas de sus dedos por esas cejas tupidas, todavía fruncidas por la molestia; acariciar la dureza de su mandíbula y terminar en esa boca que tanto había besado, esa misma que deseaba seguir probando hasta el final de sus días, aun sabiendo que no le pertenecía. Ni le pertenecería nunca.

—¿Qué dices?

Las palabras de ella fueron un susurro que se perdió con el murmullo del viento, siendo arrastrado de la misma forma en que lo eran sus sentimientos no correspondidos.

La respuesta de Cristian fue envolver sus manos pequeñas y frías dentro de las suyas, mucho más grandes y cálidas.

—Sé mi esposa —repitió él, mirándola fijamente a los ojos.

Esta vez no había duda.

Se lo había pedido.

Estefanía sintió una llamita encenderse en el fondo de su pecho.

Era un pequeño fuego que crecía, poco a poco, extendiéndose hasta llenar su cuerpo de un calor que nunca antes había experimentado.

¿Era así como se sentía la felicidad? No recordaba la última vez que lo fue.

Lo miró ahora con ojos enormes. Ojos que parecían querer salirse de sus cuencas.

La mano del hombre se posó sobre su mejilla, mientras se inclinaba lentamente, pegando su frente a la suya.

Su respiración caliente rozó su cara.

Ella cerró los ojos dejándose envolver por su cercanía.

—Tranquila, también puedes negarte si no quieres —le dijo, como un intento de consolarla al ver su agitación actual.

—Cristian… —balbuceó ella. Su voz tan bajita y tímida.

—Tómate el tiempo que necesites para pensarlo. No hay prisa.

—¡No! —su tono se elevó de una forma casi desesperada—. ¡Sí quiero! ¡Claro que quiero, Cristian!

Esta vez las lágrimas derramadas no fueron de tristeza.

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