Estefanía salió de la habitación lista para su boda.
Su vestido era de un blanco puro, corto hasta los tobillos y sujeto apenas por tirantes delgados.
El tejido estaba lleno de pequeñas aplicaciones en forma de pétalos que le daban un aspecto frágil, sencillo y hermoso.
Al verla, los ojos de Cristian mostraron una ligera sorpresa, abriéndose un poco más de lo necesario.
Él dio un paso al frente y le entregó un ramo de peonías blancas envueltas en una cinta de seda.
Eran unas flores hermosas, aunque ella prefería las margaritas silvestres que solían crecer en el patio del orfanato.
Aquellas eran unas flores pequeñas y sencillas que nadie cuidaba, pero que lograban florecer contra todo pronóstico.
En el fondo, le habría encantado que su matrimonio se pareciera a ellas: una unión humilde, capaz de echar raíces y florecer con fuerza incluso en la tierra más árida.
Pero Cristian no le había preguntado sus gustos para elegir el ramo; tampoco es que hubieran tenido tiempo para hablar de pequeñeces como esa. Se dijo a sí misma que ya habría espacio para conocerse mejor.
Sus dedos acariciaron suavemente los pétalos del mismo, antes de alzar la mirada con una sonrisa en los labios.
—Gracias, son muy bonitas.
Cristian le ofreció su brazo y ambos salieron del edificio con rumbo al registro civil.
Antes de ser consciente, Estefanía ya tenía el bolígrafo en su mano, posicionado sobre la hoja, listo para firmar.
No había ceremonia.
Solo eran ellos en aquella oficina.
Javier también estaba al fondo, mirándola con atención, como un testigo mudo de esa unión.
Trazó su firma sobre el papel y luego le entregó el bolígrafo al hombre a su lado.
Cristian no había dejado de observarla en todo el proceso. Su mirada era serena, sin aquella frialdad habitual.
Ella lo vio hacer lo mismo. Su letra era mucho más bonita; pulcra y elegante como todo en él.
El juez carraspeó entonces.
—Si desean dedicar algunas palabras o votos, pueden hacerlo ahora. Aunque, considerando la rapidez del trámite, podemos obviar...
—Podemos obviarlo —coincidió Cristian con calma.
—Yo sí preparé algo —murmuró ella, bajito, interrumpiéndolos a ambos.

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