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El juguete del abogado romance Capítulo 40

La mano de Cristian tiró de Estefanía hacia el interior de la casa. Con paso firme, avanzó como si fuera el dueño absoluto de cada rincón.

El recordatorio de lo ocurrido la noche anterior todavía atormentaba a Estefanía, así que evidentemente no quería ver por tercera vez a Gonzalo Sterling. Pero Cristian parecía tener una misión justo ahora y ella no podía frenarlo.

Su corazón martilleaba con fuerza contra su pecho, mientras trataba inútilmente de seguirle el ritmo.

Afortunadamente, no hizo falta dar demasiados pasos; se detuvieron al encontrarse con una mujer hermosa en medio del pasillo.

La dama emanaba una serenidad envidiable. Tenía una piel blanca e impoluta, con apenas unas sutiles líneas de expresión que delataban su edad, y un cabello castaño perfectamente peinado que caía con elegancia sobre sus hombros.

No necesito pensarlo demasiado para saber que esta mujer era la madre de Cristian.

—Cristian… ¿Qué hiciste? —preguntó ella con los ojos muy abiertos, al reparar en ellos y en las ropas que usaban. Seguramente su vestido blanco ya le daba una buena idea de la razón por la que se encontraban en esa casa.

Pero antes de que Cristian pudiera dar respuesta a su madre, una figura imponente surgió a espaldas de la mujer.

El rostro de Gonzalo Sterling se desencajó al segundo. Al contrario de su esposa, este no mostraba solo sorpresa, sino también una ira incontrolable.

—Maldito… —dio un paso al frente con la mano levantada, antes de que Cristian lo detuviera en el aire.

Ambos hombres forcejearon, mientras el menor decía con un tono ridículamente educado:

—Madre... Padre. Les presento a la nueva señora Sterling. Mi esposa.

La madre de Cristian soltó un jadeo por la impresión, llevándose la mano al pecho.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas cuando la miraron; negó suavemente con la cabeza en el proceso, como si la acusara a ella de haber cometido un pecado imperdonable.

Quizás amar a su hijo como lo hacía no estaba permitido en esa casa.

Estefanía no entendía nada de lo que pasaba.

Se suponía que las bodas eran un momento feliz en las vidas de las personas.

Pero esto parecía que acababa de desatar un apocalipsis.

—Vas a anular esa maldita estupidez ahora mismo —siseó Gonzalo. Las venas de su cuello se marcaban de una forma horrorosa—. No me importa a qué juego ridículo estés jugando, Cristian. O rompes ese papel hoy mismo, o te juro por Dios que lo vas a lamentar el resto de tu vida.

Cristian no se dejó amedrentar por las palabras de su padre.

—No voy a anular nada —respondió con una calma que resultaba mil veces más peligrosa—. Ella es mi esposa. Ahora y para siempre. Acostúmbrate a su rostro, porque no se va a ir a ninguna parte.

—¿Tu esposa? —escupió la palabra como si fuera basura—. No me hagas reír.

—Ríe todo lo que quieras. Al final, nada cambiará que legalmente es mi mujer.

—Necesitas que te recuerde…

Gonzalo no alcanzó a terminar la frase.

Cristian no se contuvo esta vez. Usando su altura, que era unos centímetros más que la de su padre, lo empujó hacia atrás, cerniéndose sobre él, mientras le advertía:

—Vuelve a tocarla… —murmuró, con los ojos oscurecidos por la furia—. Vuelve a ponerle una sola mano encima o a enviar a tus perros a buscarla, y el que va a lamentar haber nacido vas a ser tú. Te lo prometo, padre.

—¿Y qué vas a hacer, eh? ¿Vas a matarme? —provocó Gonzalo, sosteniéndole la mirada con desprecio.

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