Con cada segundo que pasaba, las manos de Estefanía se apretaban más y más sobre su vestido.
El hombre a su lado tenía alrededor de quince minutos manejando en absoluto silencio.
Desde que salieron de aquella casa infernal, él no había dicho ni una sola palabra. Sin embargo, sus nudillos blancos sobre el volante le indicaban que su humor no era el mejor.
¿Y cómo serlo?
La madre que había intentado proteger decidió ponerse del lado de su verdugo.
Si así eran las cosas ahora, no quería imaginarse cómo habían sido antes, cuando Cristian no era más que un niño indefenso a merced de un padre maltratador.
Lo observó de reojo y sintió compasión.
Ella había perdido a sus padres siendo muy niña. Pero sentía que, en el fondo, esto era un poco peor.
Al menos, la imagen que ella conservaba de los suyos era la de una pareja que se amaba y se apoyaba mutuamente.
Los padres de Cristian, en cambio, reflejaban todo lo que no debería ser una pareja.
Estefanía quiso hablar, decir algo, cualquier cosa.
Abrió la boca, pero no le salió la voz.
Antes de que ella pudiera hacer un solo intento de consuelo, el auto se detuvo frente al edificio.
—Baja —dijo Cristian sin mirarla.
—Cristian... —Intentó ella por fin.
No sabía qué quería decir. Solo sabía que no quería dejarlo solo. Su dolor también era suyo ahora.
—Entra, Estefanía —la cortó él, tajante.
Los hombres manejaban este tipo de emociones de otra manera, así que decidió darle el espacio que necesitaba.
Suspiró antes de posar una mano sobre la de él, que aún apretaba el volante.
—Conduce con cuidado, por favor —murmuró con suavidad.
Cristian no respondió, pero sus dedos se tensaron bajo el roce de ella.
Estefanía retiró la mano, abrió la puerta y bajó, quedándose en medio de la acera durante minutos enteros.
No sabía que miraba en este punto donde el auto ya no estaba ni siquiera en su campo de visión; solo sabía que así no era como se imaginaba la celebración de su boda.
Tampoco estaba especialmente decepcionada.
Casarse con él era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, pero en el fondo, deseaba que esta unión no estuviera empañada por la desaprobación de su familia.
Decidió no pensar tanto en eso y entró al departamento para esperarlo.
La tarde le cedió sus colores a la noche y la noche a los primeros rayos de sol.

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