Esa noche, Estefania decidió hacer una cena especial para recibir a Cristian. Ya que su luna de miel se había arruinado. Hoy haría una comida ella misma, con sus propias manos.
—A ver, échale más de esto —indicó Sonya, acercándole el frasco de orégano y señalando la sartén donde la cebolla ya se estaba dorando.
Obedeció de inmediato, pero al sacudir el frasco con demasiado entusiasmo, una nube de especias salió disparada.
Estefanía intentó esquivarla, pero tropezó con su propio pie y terminó apoyando la mano justo al borde del recipiente con la salsa de tomate, salpicándose la frente y la blusa clara.
—¡Ay, no! —se quejó, mirándose la mancha roja en la ropa y luego limpiándose la frente con el antebrazo, solo para embarrarse más. Sin duda, era todo un desastre.
Sonya no pudo contener una risita ahogada mientras le alcanzaba un paño húmedo para que se limpiara.
—Tranquila, la cocina es así. Seguro que al joven Cristian le encantará su comida, señora.
Abrió los ojos de par en par al darse cuenta de cómo la había llamado.
—¡No me digas así! —se asustó, dando un pequeño brinco—. Me haces sentir viejísima, Sonya.
—Pues así se le dice a la esposa del señor, acostúmbrese —se defendió la mujer, con una sonrisa burlona—. Ya no es solo la señorita Estefanía. Ahora es la señora Sterling.
Sintió un calorcito subirle por el cuello hasta las mejillas.
Miró la salsa en la estufa y la mesa impecablemente puesta para dos.
Señora Sterling.
Sonrió para sus adentros, sintiendo un aleteo en el estómago, y asintió en silencio mientras terminaba de limpiarse.
Cuando su esposo llegó, no tocó la comida.
Era obvio que ya se había duchado y cambiado de ropa en otra parte, aunque no sabía exactamente dónde. Tampoco quiso preguntar.
—Ven, prueba lo que hice —intentó jalar su mano.
Él simplemente contestó:
—Ya cené.
Sintió una repentina pesadez en los hombros y todo su buen ánimo se esfumó en un segundo.
Pero no lo demostró.
Sonrió con un poco de tristeza.
Cristian no notó esto y se limitó a decir.
—Cuando termines de recoger la mesa, ven a la recámara.
No necesitaba pensar demasiado para saber a qué se refería con eso.
Para él, lo importante no era compartir un momento romántico, sino pasar directamente a la acción.
Y ella ya sabía bien qué era lo que le gustaba.
Suspiró.
En ese momento, Javier apareció en la puerta del comedor.
—Ya que no se lo va a comer, ¿puedo probarlo yo? —preguntó.
—Claro.
Estefanía recogía todo en silencio, mientras su hermano comía lo que había preparado.
—Para ser tu primera vez cocinando, está bastante bueno —halagó—. Prepara para mí también la próxima vez, ¿sí?
Ella sonrió con tristeza; la primera comida que había preparado se suponía que sería solamente para Cristian.

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