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El juguete del abogado romance Capítulo 43

Ante sus palabras, Cristian observó cómo los ojos de la mujer que gemía debajo de él perdían un poco de brillo, solo un instante, una pequeña fracción de segundo, antes de que su rostro hermoso y puro se contorsionara de una forma que no debería ser permitida para un ángel.

Sus dedos, enterrados hasta los nudillos en ese coño caliente, empapado, y que ahora era solo suyo, fueron estrangulados de repente por las fuertes contracciones de las paredes internas de la mujer.

—Ahhh… ¡Cristian! —chilló ella, siendo atravesada por el orgasmo.

El cuerpo menudo de Estefanía se arqueó con fuerza debajo de él, retorciéndose como si estuviera poseído.

Las caderas de ella se movían de forma descontrolada contra su mano, follándose ella misma sus dedos mientras chorros de humedad caliente empapaban su palma y corrían por su muñeca.

El olor a sexo inundó las fosas nasales de Cristian, pero no fue lo único; ese aroma dulce y embriagador que provenía solo de ella aceleró su pulso de forma salvaje. Se le metió directo en las venas como una droga, enloqueciéndolo.

No se pudo resistir. Enterró la cara en el cuello de la mujer, inhalándola, mientras seguía metiendo y sacando los dedos con rudeza, prolongando el orgasmo.

Estefanía chillaba sin control ahora; le enterró las uñas en la espalda, mientras sus piernas temblaban violentamente alrededor de su brazo.

Gemía alto, sin vergüenza, repitiendo su nombre entre sollozos de placer, ordeñando sus dedos como la puta desesperada que era.

—Joder… mírate. Eres un desastre —gruñó contra su cuello, mordiéndole la piel—. Solo yo puedo escucharte gemir así. Solo es mi nombre el que dirás de ahora en adelante.

Cristian liberó su miembro, que estaba demasiado adolorido e hinchado luego de semejante espectáculo.

Las bolas le pesaban, cargadas y tensas, por la necesidad acumulada que ella había despertado.

Necesitaba meterse dentro de ella ya. Aquella era una verdadera urgencia.

Sin esperar más, agarró su polla con una mano y frotó la cabeza contra los pliegues empapados y todavía palpitantes de Estefanía.

Luego empujó, hundiéndose hasta el fondo en ese coño caliente, apretado y resbaladizo que lo recibió como si estuviera hecho solo para él.

Sintió que había llegado a casa.

Las paredes internas de Estefanía lo succionaron con fuerza.

—Joder… —siseó, cerrando los ojos un segundo por la intensidad.

Comenzó a follarla sin poder controlar su salvajismo.

Desde la primera vez que estuvieron juntos, comprendió que una vez que entraba en ella, se transformaba.

Creía tener el control de la situación, pero la verdad era que no era más que un animal, cuya única misión era adueñarse por completo de ese cuerpo delgado y frágil, deformar su boca a gemidos y dejarla tan jodidamente marcada y llena de su semen que no pudiera ni siquiera recordar su propio nombre.

Estefanía chillaba sin control debajo de él, demostrándole que estaba cumpliendo el objetivo.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Su cara era lo que más le fascinaba a Cristian.

Esa expresión de placer absoluto, esos ojos entrecerrados y vidriosos, la boca abierta en gemidos constantes, las mejillas sonrojadas y las lágrimas de placer deslizándose por sus sienes.

Verla así, completamente perdida en él, lo volvía loco.

Aceleró el ritmo.

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