—Te aseguro que él no la quiere, Gonzalo. Se divorciará pronto de esa chica.
—No me importa si se divorcia o no —bramó—. El punto es que se atrevió a desafiarme y sabes muy bien que yo no tolero ese tipo de cosas, Eleonor.
—Gonzalo… —insistió ella.
—¡Cállate!
Una mano de palma abierta se estampó en el rostro de la mujer.
El llanto agonizante de Eleonor provocó una profunda jaqueca en el hombre.
Ella estaba tontamente tratando de calmarlo, justo como lo hacía siempre que aquel mocoso malcriado merecía una reprimenda de su parte.
En el pasado eran sus propias manos las que lo ponían en cintura; ahora debía recurrir a métodos más despiadados que golpearan su orgullo.
Gonzalo salió de la habitación, ignorando a la mujer que gemía en el suelo mientras un hilo de sangre le bajaba por el labio.
Inmediatamente, sacó el teléfono de su bolsillo y marcó un número.
Al segundo tono, la voz de Rodrigo resonó del otro lado de la línea.
—¿Señor Sterling? —dijo el hombre, pareciendo un poco sorprendido.
—Rodrigo —saludó, sin rodeos—. Habla conmigo sobre el caso que está manejando Cristian. El de la fusión corporativa con el Grupo Avelar.
Al otro lado de la línea, Rodrigo se quedó mudo por un momento.
Seguramente su repentino interés lo había dejado descolocado, ya que él nunca se involucraba en ese tipo de cosas. Su confianza en Cristian como abogado era absoluta.
Pero justo ahora no quería ver lo genial que era su hijo; justo ahora solo quería darle una lección, una que lo perseguiría por el resto de su vida y le enseñaría que no debía desafiar a su padre.
Aunque esa lección se la había dado hace años cuando desapareció a esa maldita mujer.
No pensó que la memoria de Cristian fuera tan corta. Sin embargo, ahora debía refrescársela un poco.
—Está bajo control, señor —explicó el otro—. Cristian ha estado trabajando en eso día y noche. Prácticamente lo tiene cerrado; la audiencia final es en dos semanas y los argumentos que preparó son impecables. La victoria es prácticamente segura.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Gonzalo. No le importaban las pérdidas que esto representara, ya había tomado una decisión.
—Esta vez nada le saldrá como quiere —ordenó en un tono firme que no admitía réplica—. Si se ha atrevido a desafiarme, sufrirá las consecuencias. No voy a permitir que siga creyendo que es intocable solo por ganar un par de juicios.
—¿Qué... qué quiere que haga? —preguntó Rodrigo, bajando el tono de voz.
No era la primera vez que era un peón en sus juegos con Cristian.
Antes, cuando aquella mujer todavía existía en sus vidas, él había sido una pieza clave. Cosa que Cristian todavía no sabía, porque de saberlo, estaba seguro de que lo habría eliminado con sus propias manos.
Y si a él, que era su propio padre, no lo había tocado, no había sido una cuestión de cariño paternal.
Su madre era lo único que lo frenaba en todo esto.
—Quiero que destruyas ese caso desde adentro —siguió dando instrucciones sin parar—. Busca los documentos de la auditoría confidencial, las pruebas clave que Cristian planea presentar en la corte. Quiero que se las entregues en bandeja de plata a los abogados de la contraparte antes de la audiencia.
—Señor... si hago eso, Cristian quedará como un incompetente. El bufete sufrirá un golpe directo.
—Eso es exactamente lo que quiero —interrumpió Gonzalo, dejando ver la crueldad de sus intenciones—. Quiero que la prensa lo destroce, que el juez lo humille y que los socios del bufete exijan su cabeza. Tú te encargarás de que las pruebas parezcan una negligencia suya. Haz tu trabajo, Rodrigo, y me aseguraré de que tu posición en la firma cambie radicalmente cuando esto termine.
—Entendido, señor Sterling —respondió Rodrigo tras una pausa, cediendo a la ambición—. Considérelo hecho.
Gonzalo colgó la llamada y guardó el teléfono. Miró hacia el frente con clara satisfacción.
[...]

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