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El juguete del abogado romance Capítulo 45

Estefanía seguía sin entender la razón por la que Cristian se negaba a tener hijos con tanta determinación, pero decidió no darle importancia por ahora.

Era demasiado joven, no pensaba ser madre tan pronto.

Aunque sí pensaba algún día llevar a los hijos de Cristian en su vientre.

Pero ya habría tiempo para convencerlo.

Muchos años por delante.

Sonrió.

Durante las siguientes dos semanas, la vida entre ellos pareció recuperar una rutina que resultaba agradable para ambos.

Ella se la pasaba durante el día soñando con lo que le esperaba esa noche.

Siempre eran las manos de su esposo sobre su piel lo que más anhelaba, la manera en la que le hacía olvidar hasta su propio nombre, la manera en que la convertía en un manojo de sensaciones.

Cristian seguía siendo el mismo hombre apasionado en la intimidad, devorándola cada noche.

Aunque estos dos últimos días había llegado muy tarde a casa, justo cuando ya estaba dormida como para recibirlo.

Quería creer que no se había convertido en una ninfómana, pero sentía la ausencia del sexo en cada fibra de su piel.

El trabajo tenía a Cristian muy agobiado, ya que estaba a punto de asistir a la audiencia de un caso muy importante.

Estefanía no quería ser un obstáculo en su trabajo, aunque lo extrañaba.

Por eso, preocupada por él, y sabiendo que no se había despegado de su escritorio en todo el día, decidió ir a buscarlo.

En su mano llevaba una bolsa con el almuerzo casero que le había preparado con dedicación horas antes.

Había estado practicando mucho y la comida le quedaba cada vez mejor.

No quería quitarle el puesto a Sonya; entendía que llevaba tiempo trabajando para él, pero le gustaba la idea de ser ella la única que le cocinara.

Llegó hasta la puerta de su oficina y dio un par de toques suaves en la madera antes de asomar la cabeza con una sonrisa.

—¿Se puede interrumpir? —preguntó, entrando con cuidado mientras le mostraba el contenedor que llevaba en las manos—. Sé que no has parado en horas, así que te traje algo de comer antes de que colapses.

Cristian se recostó en la silla de su escritorio y miró la bolsa que llevaba en la mano por un momento; luego sus ojos subieron hasta su cara muy lentamente.

Esa mirada de un marrón profundo la devoraba en silencio.

Parecía que no era ella la única que sentía aquella necesidad ilógica en su cuerpo.

Los dos se habían vuelto adictos el uno al otro.

—No tienes que tomarte este tipo de molestias —le dijo él.

Su tono era el mismo de siempre. No dejaba entrever si le gustaba o no el gesto.

—No son molestias, solo quiero atender a mi esposo —contestó ella, todavía de pie en la puerta.

—Ya que decidiste venir… entonces, acércate.

Hizo a un lado el computador y los documentos, dejando espacio para que colocara el contenedor sobre el escritorio.

Ella obedeció, encantada.

Pero Cristian no tardó en rodear su cintura y hacerla sentar sobre sus piernas.

Antes de que pudiera quejarse, él ya la estaba besando.

Sus labios se movían sobre su boca con una necesidad desbordante, como si más que comer y beber agua, la necesitara a ella para recuperar energías.

—Cristian, vamos a comer… —Trató de apartarlo un poco para enfocarlo en el objetivo.

Él gruñó y se separó de sus labios a regañadientes.

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