—Estás destituido de tu cargo como director general. Abandona la mesa.
Eso fue lo único que Cristian escuchó de parte de su padre en aquella junta de emergencia.
Cualquier otra persona hubiera intentado investigar a fondo sobre la filtración de datos, en lugar de acusarlo por completo como único culpable.
Pero Gonzalo no.
Él había convocado a los accionistas menores de la firma, solo para que sirvieran como simples testigos de su decisión.
Una decisión que Gonzalo había tomado mucho antes del juicio, pero que los demás no sabían.
Sonrió.
—Dada que esta es una decisión definitiva y unánime, aquí tiene, padre.
Extendió un documento sobre la mesa.
Gonzalo no hizo el menor intento de tomarlo y echarle un vistazo, así que él lo tomó y explicó para todos:
—Se trata de una carta de renuncia firmada por el ochenta por ciento del equipo de litigación senior y la solicitud de transferencia de las cuentas del Grupo Avelar y las tres corporaciones más grandes de la firma.
Antes de venir a esta junta, ya había recibido suficientes llamadas y acudido a reuniones con los directivos de cada una de esas empresas. Todos coincidieron en lo mismo: no les interesa la marca Sterling; les interesa la garantía de que él manejara sus casos.
Su padre entornó los ojos al escucharlo, mientras que el resto de accionistas cruzaba miradas de pánico.
—Esos clientes no firmaron con el nombre Sterling —continuó él, clavando sus ojos en el hombre que, podría decirse, solo había dado su esperma para concebirlo; del resto nunca había sido un padre—. Firmaron con la persona que gana sus juicios. Ellos no se quedan en una firma donde la dirección necesita sabotear a sus propios abogados para ganar discusiones familiares.
Gonzalo dio un golpe en la mesa, perdiendo la paciencia por completo. Había dado en el clavo.
Su rostro se había puesto rojo en un segundo, mientras gruesas venas marcaban su cuello.
—¡Te ordené que te fueras! —ladró furioso.
Aquellos solo eran los chillidos de un hombre cuyo plan no había salido como quería.
Cristian sostuvo el contacto visual con Gonzalo sin un solo pestañeo.
Antes él podía controlarlo; ahora estaba completamente fuera de sus límites.
Sonrió.
Su sonrisa, lejos de denotar derrota, era la de alguien que acaba de ejecutar un jaque mate impecable.
—Como ordene, padre —se levantó acomodándose el saco—. Señores —inclinó levemente la cabeza al resto de los presentes.
Al salir de la sala de juntas se dirigió directamente a su antigua oficina, solo para recoger sus cosas.
Rodrigo lo esperaba de pie frente a la misma.
—Hermano, ¿qué pasó? ¿Qué decidieron? —su tono evidenciaba una clara preocupación.

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