Dos años después…
Estefanía apagó las velas del pastel que sus compañeros de clases acababan de encenderle.
Todos reunidos en una mesa de un exclusivo restaurante festejaban su cumpleaños número veinte.
Era un día especial.
El cumpleaños de una persona se suponía que siempre lo era. Sin embargo, Estefanía descubrió esa mañana que incluso las fechas importantes podrían ser olvidadas.
Sacó su teléfono y comprobó que no había recibido ni siquiera un mensaje de texto de su esposo.
Aparto la vista del celular y sonrío a los presentes.
—Chicos, comer pastel está bien —soltó de pronto—, pero ¿qué tal si salimos a bailar?
Todos la miraron por un segundo como si hubiera perdido la cabeza. Era una propuesta inusual en ella, pero siendo la cumpleañera, nadie se opuso y terminaron acompañándola a un bar cercano.
En aquel lugar se dejó envolver por la música alta y las luces tenues.
Estefanía comenzó a pedir un trago tras otro, comprobando que el sabor amargo del licor no era tan desagradable.
Gracias a sus efectos, los pensamientos abrumadores se dispersaban, dejándola sola con aquella música con la que danzaba.
Se soltó el cabello, agitándolo.
Lucas le sostuvo la mano, justo cuando se disponía a empinarse un vaso más.
—Oye, despacio —le advirtió él, mirándola con preocupación.
—No hay problema —respondió ella, zafándose con ligereza de su agarre.
Bebió hasta que el suelo pareció tambalearse bajo sus pies y la cabeza le empezó a dar vueltas.
Ya era de madrugada cuando regresó al departamento.
Busco su celular de nuevo.
No había ni un solo mensaje.
Sonrió.
Justo en ese instante la puerta principal volvió a abrirse.
Estefanía se giró despacio, y entonces lo miró. Allí estaba él. Cristian también acababa de llegar.
Ella se había fugado adrede y él ni siquiera lo había notado. ¿No era eso patético? De repente sintió pena de sí misma.
Ambos se miraron en la oscuridad por un par de segundos hasta que él comprendió algo.
—¿Acabas de llegar? —preguntó con esa voz profunda que haría temer a cualquiera.
Ella se encogió de hombros, riéndose.
—Así parece.
Los ojos de él se abrieron un poco más de lo normal. Mirándola de arriba abajo.
Antes de que pudiera darse cuenta, ya lo tenía en la cara sujetándole el brazo con fuerza.
—¿Dónde estabas?
—Sali —respondió con simpleza.
—¿Saliste? —repitió él lentamente, mientras la olfateaba.

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