Sentada frente al tocador, Estefanía deslizó un dedo sobre la superficie de madera antes de enfrentarse a su reflejo.
El espejo le devolvió una imagen que no quería.
Ese rostro pálido y demacrado apenas lo reconocía como suyo.
Después de haber pasado casi toda la madrugada expulsando hasta la última gota de alcohol, el cuerpo le dolía.
Detrás de ella, reflejado en el espejo, se encontraba Cristian con los brazos cruzados a la altura del pecho.
Su expresión era como la de un general a la espera de que le rindan cuentas.
Ella no tenía mucho que decir. Salvo que no se arrepentía de nada de lo que había hecho.
—¿No se te hace tarde para salvar al mundo? No tienes por qué perder el tiempo mirándome —soltó en un tono mordaz.
—Estefanía… —advirtió él, tratando de contenerse.
Ella lo ignoró, quitándose la toalla de la cabeza antes de buscar el secador en uno de los cajones.
Al hacerlo, su mano dudó un instante, deteniéndose frente al joyero que descansaba sobre la peinadora.
Era una pieza exquisita de caoba tallada a mano con incrustaciones de nácar, importada directamente de Italia.
Un obsequio que su suegra le había enviado el año pasado desde su viaje por Europa.
Con lentitud, abrió el joyero para observar el contenido.
Dentro no solo se encontraba aquel collar de oro blanco que le había regalado luego de empujarla fuera del baño. Había muchas piezas más: gargantillas de diamantes, brazaletes finos y anillos de diseño exclusivo. Una colección entera de disculpas.
De pronto, su mirada se perdió en el brillo de aquellas joyas.
Debió de permanecer mucho tiempo absorta, porque entonces él dijo:
—Si quieres algo más, solo cómpralo —deslizó una tarjeta negra sobre la madera del tocador—. Pide lo que te guste en la joyería que quieras. No importa el precio.
Ella levantó la vista de nuevo y se encontró con esos ojos oscuros que parecían dispuestos a complacerla.
Sonrió con lentitud.
—¿Otra disculpa?
Cristian frunció el ceño y ella continuó:
—¿No es esta tu manera de pedir perdón siempre que te equivocas?
—Si uso la tarjeta ahora, no es para comprar tu perdón —se defendedió, clavándole una mirada profunda—. Es porque sé perfectamente lo mucho que te gustan las cosas bonitas... y jamás me pareció que tenerlas fuera un problema para ti.
Claro que no lo era.
En el pasado, ella hubiera recibido cualquier cosa que viniera de su parte, incluso una piedra, con una enorme sonrisa.
Pero recién se daba cuenta de que aquellos no eran más que regalos vacíos. Una forma de silenciarla y mantenerla “contenta”.
—El problema es que pretendes enterrar nuestros problemas con regalos que no te he pedido —soltó—. ¿Por qué mejor no me miras a la cara y me das las respuestas que tanto necesito?
La expresión de Cristian se endureció.
—¿Respuestas? ¿Qué tipo de respuestas?
Estefanía dejó de lado el secador y las joyas, y se limitó a desenredar su cabello mojado con un cepillo.
—El motivo por el que te niegas a la idea de tener hijos, por ejemplo.

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