En la biblioteca, Estefanía se encontraba repasando unos apuntes para su próxima clase cuando la pantalla de su celular se encendió sobre la mesa de madera.
Era Eleonor.
—Cariño, ¿tienes tiempo? —saludó su suegra con ese tonito dulce que le recordaba a su propia madre—. ¿Puedes venir a visitarme esta tarde?
Al inicio de su matrimonio, ella había sentido el claro rechazo por parte de los padres de Cristian.
Luego de la lamentable situación de Gonzalo, la actitud de Eleonor cambió por completo.
Poco después de lo sucedido, la mujer mayor le dijo unas palabras que aún llevaba grabadas en su mente:
—Sé que Cristian parece ser de hierro, pero no lo es. Muchas veces piensa que es invencible, aunque yo lo he visto derrumbarse antes, Estefanía. Por favor, cuídalo mucho. Ahora te tiene a ti; sé que lo quieres y que vas a estar a su lado, y eso a mí me deja tranquila.
Ella, como la chica tonta y perdidamente enamorada de entonces, le dijo sin dudarlo:
—No se preocupe, señora Eleonor —prometió con la mano en el corazón—. Lo cuidaré bien. Yo amo a su hijo.
Su suegra sonrió y le entregó un anillo. Un gesto que hasta ese momento Cristian no había tomado en cuenta.
—Vi que llevas una argolla sencilla —dio un vistazo a su mano izquierda con desaprobación—, pero esa no es digna de ti. Ponte esta.
Y entonces personalmente deslizo aquella reliquia familiar en su dedo: un deslumbrante diamante azul de más de cinco quilates de talla esmeralda, montado en platino.
Una joya valorada en más de tres millones de dólares que había pasado de generación en generación en la familia Sterling y de la que Eleonor voluntariamente acababa de desprenderse.
—¡Señora Eleonor, no puedo aceptarlo! —se preocupó ella, sintiendo que no le correspondía usar algo tan valioso como eso.
—¿Qué dices, niña? —le reprendió—. Te pertenece ahora. Tú eres la señora Sterling.
—Pero…
—Sin peros, Estefanía. Solo cumple la promesa que me hiciste. Cuida bien de mi hijo, por favor.
Estefanía asintió, consciente de que aquella tarea no le representaba ningún problema.
Lo que sentía por Cristian era algo que iba mucho más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
Cuidarlo no era una labor. Era lo único que anhelaba hacer por el resto de su vida.
De vuelta al presente, Estefania comprobó que seguía amándolo como en ese entonces, aunque su amor se había desgastado un poco. Y luego de aquella última conversación que compartieron, el desgaste se había vuelto mucho más profundo.
—Claro. Deme una hora y estaré allá —respondió a la petición de visita de su suegra—. Nos vemos.
Salió entonces de la universidad y se dirigió al estacionamiento donde un deslumbrante Porsche 911 Carrera Cabriolet en un sofisticado tono blanco perlado la esperaba.
Aquel deportivo se lo había regalado Cristian el año pasado para celebrar su aniversario.
Ella había preparado velas y una cena romántica; él le había puesto una venda en los ojos y la había llevado al estacionamiento.

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