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El juguete del abogado romance Capítulo 56

—Cristian, si quiero marcharme tú no…

La frase que Estefanía pretendía decir era sencilla, pero contundente. Terminaba con un «tú no podrás impedirlo».

Pero Cristian decidió silenciarla con un beso.

Allí, en medio de la penumbra de aquel mirador solitario, donde un mar de luces brillaba a lo lejos, donde el frío de la noche agitaba sin piedad sus ropas y desordenaba sus cabellos.

Estefanía cerró los ojos por puro instinto, disfrutando del toque áspero y agresivo de sus labios; de esos labios que había besado tantas veces antes y que sin duda extrañaría cuando se marchara.

Se dijo a sí misma que esta era una despedida, que necesitaba solo un poco más de su sabor para decir un adiós definitivo.

Sin poder evitarlo, sus manos temblorosas se aferraron con fuerza a la solapa de su saco, mientras una mano masculina rodeaba su cintura, pegándola más a aquel cuerpo duro.

Cristian parecía decidido a devorarla hasta arrancarle la idea de la separación de la cabeza y recordarle, a la fuerza, a quién pertenecía.

Pero, aunque ella se fuera, aunque los separara todo un continente, la realidad era que ella nunca dejaría de pertenecerle.

Era suya ahora y, posiblemente, para siempre.

Y aquella era su mayor desgracia.

Estefanía soltó un ahogado «mmm...» cuando la intensidad del beso amenazó con arrebatarle la poca cordura que le quedaba.

Apoyó las palmas de las manos contra el pecho de Cristian y ejerció fuerza hacia afuera, intentando empujarlo para tomar distancia.

—Suéltame... —logró murmurar apenas rompió el contacto, agitada, con los labios húmedos y la mirada entrecortada—. Cristian, detente.

Él no la soltó del todo, renuente, como si temiera que una sola fracción de segundo en que la soltara bastara para que ella desapareciera de su vista para siempre.

Por primera vez, no veía al hombre calculador, a ese cuyo rostro era ilegible, siempre en blanco y sin emociones.

El pecho de Cristian subía y bajaba de forma errática, quitándole cualquier apariencia de robot.

Justo ahora solo era un humano más, cuya mirada oscurecida y perturbadoramente hermosa iba y venía entre los labios de ella y sus ojos, mostrando un marrón dilatado y fijo, desprovista de cualquier rastro de paciencia.

—¿Por qué tendría que soltarte? Eres mi mujer, Estefanía. No voy a pedirte permiso para besarte.

—No quiero que me beses, Cristian. No entiendes que yo no…

—¡Basta! —la cortó él, sujetando su barbilla con dos dedos, obligándola a sostenerle la mirada—. ¿Hasta dónde piensas llevar esta rabieta, Estefanía?

—¡No es ninguna rabieta, Cristian! —estalló ella, intentando apartarle la mano de un manotazo.

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