Estefanía no tenía la menor idea de a dónde la llevaba Cristian; solo sabía que había decidido seguirlo sin importar el destino.
El hombre manejaba con seguridad.
Sus ojos se desviaban hacia ella de vez en cuando, como asegurándose de que no estuviera planeando abrir la puerta y lanzarse a la carretera.
Ella no haría algo tan estúpido, por supuesto.
Decidió ignorarlo y observar el recorrido por la ventanilla del auto hasta que…
Su cuerpo comenzó a temblar sin control.
Este sitio.
Este sitio le resultaba inquietantemente familiar.
Con cada tramo que avanzaban, Estefanía reconocía más y más la zona en la que entraban.
Se trataba de su antiguo vecindario.
Ese en el que había vivido cuando era niña.
—Cristian… —volteó para mirarlo cuando ya no le quedaban dudas, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que estaba a punto de sufrir un ataque cardíaco—. ¿Qué es esto?
Su voz se escuchó apenas.
No podía describir todas las emociones que la embargaban en ese instante.
Nostalgia.
Añoranza.
Y una inmensa gratitud.
Esa casa que no había visitado en años, que creía perdida, ahora estaba frente a sus ojos de nuevo.
Como si el tiempo no le hubiera pasado por encima, como si siempre la hubiera estado esperando en el mismo lugar.
Estefanía bajó del auto, arrancándose el cinturón de seguridad de un tirón.
Sus pies corrieron por aquel camino de grava conocido hasta llegar a una puerta de madera en color blanco. En la misma, todavía se encontraba colgando aquel adorno de foami y cinta que ella misma había hecho en la escuela para un día de las madres.
El adorno estaba visiblemente desgastado y, al tomarlo, se deshacía entre sus manos. Pero allí estaba, como un recuerdo tangible de que alguna vez esta fue su casa.
Estefanía escuchó los pasos a su espalda y entonces se giró para ver al hombre que se acercaba de forma despreocupada, con una mano en el bolsillo.

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