Todo estaba como lo recordaba, con la diferencia de que ahora una fina capa de polvo cubría cada espacio.
Estefanía se encontró de pronto en medio de aquella sala.
Al mirar alrededor, fue como si el pasado se superpusiera al presente: casi podía ver a una versión más pequeña de sí misma corriendo descalza entre los muebles, riendo mientras su padre la perseguía en un juego que el tiempo no había logrado borrar.
Muchos muebles y adornos ya no estaban; las marcas en la pintura revelaban los huecos de los cuadros que una vez colgaron allí.
Sin embargo, sobre una pequeña repisa de madera, algo captó su atención.
Pasó los dedos con delicadeza sobre la superficie de un marco, limpiando la capa gris que lo cubría.
Allí estaba.
Un retrato familiar desgastado.
Una pequeña sonrisa se apoderó de sus labios al verse a sí misma en su momento más feliz.
Cristian se paró a su lado y ella no pudo evitar girarse para decirle con entusiasmo:
—Mira, este es papá y esta es mamá —señaló con dulzura a las personas retratadas en esa imagen—. Y esta soy yo… Creo que tenía como siete años aquí.
Acercó un poco más el marco a la luz y soltó una pequeña risita.
—Y este de aquí —dio un suave toque al vidrio—, que parece un conejito asustado agarrándole la falda a mamá, es Javier. Papá siempre le decía que si no sonreía, del lente de la cámara saldría un pajarito y le robaría su helado. Míralo, tenía la boca apretada para que no le quitaran nada. Era tan inocente.
El dedo largo y firme de Cristian se posó entonces sobre la imagen de la pequeña Estefanía.
—Te atreves a burlarte de tu hermano cuando tú usabas esas trenzas torcidas —comentó él, con su típico humor negro.
No pudo evitar soltar una carcajada ante su comentario.
—¡Eres tan malo! —protestó con una chispa juguetona en la mirada—. Esas trenzas me las hice yo misma y creo que me veía hermosa, ¿o no?
Cristian sostuvo su mirada en completo silencio durante un par de segundos hasta que asintió con absoluta seriedad.
—Eras hermosa entonces, pero lo eres mucho más ahora.
Estefanía abrió muy grandes los ojos, sintiendo que su corazón se aceleraba con tanta prisa.
—Cristian…
El nombre de su marido escapó de sus labios como un suspiro, despojado de todas las defensas que había intentado construir a su alrededor. Nuevamente quedaba expuesta y a su merced.
El hombre acortó la distancia entre ambos y sujetó su nuca con posesión, enredando los dedos en su cabello, mientras la rodeaba con fuerza por la cintura, pegándola bruscamente a su cuerpo.
—Basta de ideas necias —murmuró contra su boca—. Eres mi esposa. No vuelvas a poner pensamientos absurdos en tu cabeza.
Estefanía supo de inmediato que se refería a la conversación que habían tenido por teléfono, a esa sola frase «creo que lo mejor es que nos separemos».

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