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El juguete del abogado romance Capítulo 59

Para alguien que pasó mucho tiempo creyéndose el rey del mundo, Gonzalo ocupaba ahora un espacio ridículamente pequeño.

Cristian permaneció de pie junto a la cama, observando con atención el espectáculo frente a sus ojos.

—Traigo buenas noticias, padre —dijo con un tono casual—. Esta mañana cerramos el acuerdo con el grupo inversor. Firmaron todo sin poner un solo pero.

Gonzalo no se movió —tampoco es que pudiera—, pero la fijación en sus ojos delataba que lo estaba escuchando. Cada maldita palabra.

—En los periódicos dicen que es el logro más grande en la historia de la firma. Superó por completo el récord que tanto presumías en tus tiempos de gloria...

Se acomodó el reloj en la muñeca con parsimonia.

Las palabras de aquel monstruo todavía resonaban en su cabeza:

«Un hombre de verdad no llora, no sangra y no se equivoca. Si te quiebras por esta estupidez, no sirves para nada».

En definitiva, el pequeño Cristian no tenía derecho a llorar así le destrozaran la espalda con la hebilla del cinturón.

Gonzalo llamaba a la violencia "disciplina" y al abuso "carácter".

«Así me enseñó mi padre a mí y mírame: soy un roble», se justificaba siempre.

De niño, los gritos a puerta cerrada y el llanto ahogado de su madre eran solo un ruido de fondo que no lograba comprender del todo. No fue hasta que creció cuando el velo se le cayó de los ojos, entendiendo que los moretones en la delicada piel de su progenitora no se trataban de ningún accidente.

Un día, a sus dieciséis años, cegado por la rabia y creyéndose capaz de salvarla, se fue a los puños con su padre. Pero era demasiado joven, demasiado novato, y terminó tirado en el suelo con la boca ensangrentada y dos costillas fisuradas.

La verdadera golpiza, sin embargo, no vino de Gonzalo, sino de la propia mujer a la que intentó proteger.

Todavía recordaba a su madre limpiándose las lágrimas con rabia mientras lo encaraba, escupiéndole con desprecio: «¿Quién te crees que eres para meterte en nuestros asuntos? Si me pega, es problema mío, no te atrevas a volver a desafiarlo».

La odio en ese momento.

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