Luego de que estabilizaran a su padre, Cristian estaba listo para marcharse. No tenía nada más que hacer allí.
—Estefanía estuvo aquí hace unos días —la voz de Eleonor lo detuvo antes de alcanzar la salida.
No se giró, pero frenó sus pasos.
Hace unos días coincidía exactamente con el corto periodo de rebelión de su esposa. Por supuesto, le interesaba saber qué habían conversado.
—Vino a visitarme porque le pedí que lo hiciera —continuó ella con voz suave—. Es una chica tan dulce, Cristian... Merece lo mejor. Merece que la amen de verdad.
La palabra amor resonó en el pasillo como un chiste de mal gusto.
Ahora sí se giró despacio, mirándola desde su imponente altura.
—¿A qué amor te refieres, Eleonor? —soltó sin un rastro de piedad—. ¿Al que te daba mi padre?
Su madre dio un paso atrás, abatida.
Los ojos se le humedecieron al instante, pero no se atrevió a alzar la voz.
Apretó los labios, tragándose el temblor, y lo miró con una mezcla de pena y súplica.
—Sé perfectamente que tú no eres como él —murmuró, con la voz quebrada por un llanto que intentaba contener inutilmente—. Sé que puedes amar. Ya lo has hecho, Cristian.
Graciela.
El nombre no hizo falta ni siquiera mencionarlo en voz alta.
Un pensamiento amargo le cruzó la mente a Cristian.
El amor.
Ese maldito concepto sobrevalorado que solo servía para volverte débil, manejable y estúpido.
Un error que no pensaba repetir jamás.
—No me hagas perder el tiempo —sentenció él, dándole la espalda.
—Cristian, por favor, escucha...
Cristian dio la vuelta sobre sus talones y caminó hacia la salida, dejando a Eleonor con la palabra en la boca.
Exactamente una semana después, la firma Sterling encabezaba los portales de noticias más importantes del país.

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