Con su espalda pegada a la pared, Estefanía gimió en la boca de Cristian, enroscando sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo el bulto que chocaba directamente con su zona íntima.
Estaba empapada, deseosa, y no le importaba qué lugar ocupaban en aquel salón: solo le importaba ser suya otra vez.
No había un solo momento en que no sintiera una extraña desesperación invadirla.
Ellos no sabían hacer el amor de forma normal. Siempre se tocaban con prisa, como si el otro fuera a desaparecer en cualquier instante y necesitaran aprovechar cada segundo disponible.
Lo que más la volvía loca era la forma en la que él pronunciaba su nombre entre dientes.
Cuando la llamaba en medio de la pasión, ella solamente se dejaba ir en un orgasmo tras otro. Por el contrario, su esposo cada vez se endurecía más y más en su interior, taladrándola a un ritmo salvaje.
Estefanía echó la cabeza hacia atrás, mientras el miembro grueso y duro de Cristian se clavaba en su coño sin cesar.
El hombre le tapó la boca con una mano ante sus gemidos, sofocando un grito de placer.
—Shh... —murmuró él contra su oído, con la voz rasgada por una malicia trastornada—. ¿No quieres que nos escuchen... o sí?
Ese tono ronco y perverso la estremeció hasta los huesos, haciendo que se aferrara con más fuerza a sus hombros mientras él mantenía el ritmo sin darle tregua.
Al terminar, dejándola completamente llena de su semen caliente, Cristian se retiró con lentitud y le acomodó la ropa.
Cuando abrieron la puerta y salieron al pasillo, nadie habría sospechado nada: caminaban uno al lado del otro como si solo hubieran salido a tomar un poco de aire.
Una vez en el auto, la promesa de repetir el sexo al llegar a casa estaba más que clara.
Ella ya sentía la anticipación en el ambiente y, aunque lo había tenido dentro de sí hacía tan poco, lo anhelaba de nuevo en su interior.
Le lanzó un vistazo, deleitándose con la imagen de sus manos firmes sujetando el volante.
Esas manos masculinas, de nudillos marcados y venas pronunciadas que se trazaban sobre su piel, le provocaban un vuelco en el estómago.
Solo de mirarlas, el calor volvió a encenderse en su vientre. Recordó cómo esas mismas manos la habían alzado contra la pared apenas unos minutos atrás, sosteniéndola como si no pesara nada.
Recordó la aspereza de sus palmas apretándole los muslos y la sensación descarada de sus dedos largos enterrándose en su coño.
Cerró los ojos un segundo, mordiéndose el labio inferior, sumida en esa fantasía que todavía la hacía jadear en silencio.
De pronto, Cristian frenó bruscamente, haciéndola sacudirse contra el cinturón de seguridad.
Estefanía abrió los ojos de golpe y miró hacia al frente por el parabrisas.
A tan solo una cuadra del edificio donde vivían, una figura femenina permanecía de pie en medio de la carretera. Llevaba un vestido blanco que ondeaba suavemente con la brisa de la noche, y era evidente que se había atravesado a propósito.
Frunció el ceño, confundida.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado