Por un momento, Estefanía deseó no haber salido nunca del auto.
Deseó incluso no haber salido del departamento esa noche.
Pero ya no podía devolver el tiempo ni cambiar lo inevitable.
Su única opción ahora era ser una espectadora invisible en la historia de su esposo.
Observar desde la distancia cómo aquella mujer se tornaba más pálida, sus labios resecos se volvían cada vez más temblorosos pronunciando el nombre de su marido entre sollozos.
Presenciar también el pánico de él cuando la misma mujer se echó hacia atrás, desmayándose, y su brazo, el mismo que la había rodeado a ella hacía tan poco, la atrapaba con firmeza en el aire.
—¡Graciela!
Aquel nombre fue la estocada final en el corazón de Estefanía.
Y entonces lo entendió todo con una claridad aplastante.
Aquí no había nada que luchar, ni siquiera valía la pena hacer un mínimo intento: ella había perdido desde el principio.
El hombre cargó a la delicada chica hacia el auto, mientras ella se apartaba sutilmente dando espacio para no estorbar.
La puerta trasera se cerró de un portazo y Graciela quedó acostada dentro. Por un instante, pensó que Cristian subiría al auto sin dudar, lo pondría en marcha y se iría al hospital para llevar a su amada, pero entonces se detuvo un momento, mirándola.
—Entra al edificio —dijo él con apremio—. No te quedes aquí afuera.
Ella asintió despacio y se dio la vuelta.
Pudo sentir los ojos del hombre clavados en su espalda, pero no se detuvo a mirar.
Estefanía caminó erguida el poco tramo que faltaba. Pero al cruzar el vestíbulo, ella simplemente sintió que no podía respirar.
Agujas invisibles pinchaban su pecho sin piedad, mientras su propia mente no dejaba de burlarse de ella:
«¿Qué más da si Graciela está viva o muerta? Si ni siquiera compitiendo contra un fantasma lograste ser rival para ella».
La realidad era que ni siquiera debería sentirse decepcionada. No tenía derecho. Ella había estado acostándose con el hombre de otra mujer todo este tiempo.
Cristian era su esposo.
Pero nunca fue suyo.
Y un papel no pesaba más que lo que él sentía en su corazón.
De repente, Estefanía tuvo una epifanía sobre las hojas.
Al final del día, las hojas de papel eran frágiles; no importaba cuán solemnes o sagradas fueran las promesas escritas en ellas, bastaba una sola chispa para volverlas ceniza y ver cómo el viento se las llevaba sin dejar rastro.
Y su acta de matrimonio no era la excepción a esa regla.


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