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El juguete del abogado romance Capítulo 64

Horas antes, en el hospital, Cristian había entrado corriendo al área de emergencia.

Llevaba a Graciela en brazos, sintiendo su peso liviano y la frialdad de sus manos.

No recordaba que ella pesara tan poco.

Su aspecto enfermizo dejaba entrever que su vida en esos años separados no había sido fácil.

—¡Un médico! —exigió, abriéndose paso.

Dos enfermeros aparecieron de inmediato con una silla de ruedas, pero él negó con la cabeza, apretando los dientes.

—No. Una camilla. Ahora.

—Señor, debe calmarse y pasar a recepción —intervino uno de ellos.

—¡Traigan a un doctor! —interrumpió él, lanzándole una mirada feroz—. Se desmayó. Apenas respira.

Un médico de guardia se acercó a toda prisa, evaluando la situación en un segundo.

—Por aquí. Llévela al box tres.

Cristian la acomodó en el lugar indicado, sintiendo una extraña opresión en el corazón.

Esa imagen le resultaba familiar.

Podía visualizarse a sí mismo hace nueve años entrando de la misma forma en un hospital con ella en brazos.

La diferencia era que, en aquel entonces, Graciela estaba embarazada de su hija.

—¿Qué le pasó? —preguntó el doctor, iluminando las pupilas de la mujer.

—No lo sé —admitió, con el pecho agitado y los puños apretados a los lados. No le gustaban este tipo de situaciones donde no tenía ningún tipo de control—. Estaba en la calle y se desplomó.

—Necesito que espere afuera, señor.

—Me quedo —sentenció él, sin dar un solo paso atrás.

El médico le lanzó una mirada significativa, pero continuó con su labor.

Sin perder tiempo, cortó la tela del vestido blanco y desgastado de Graciela para examinar su tórax.

La marca de un enorme moretón cubría gran parte de la costilla izquierda de la mujer, extendiéndose hacia el abdomen.

Cristian dio un paso al frente, apretando la mandíbula.

—¿Qué demonios es eso? —murmuró, con la voz rasposa por la ira.

El doctor presionó la zona y los párpados de Graciela se contrajeron en un gesto de dolor inconsciente.

Continuó revisando sus brazos, donde marcas circulares en las muñecas y hematomas viejos eran visibles para cualquiera.

Cristian no necesitaba ser médico para saber que ella había sido agredida.

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