Graciela debía admitir que el plan había sido un poco arriesgado.
Sin embargo, no era buena opción presentarse ante Cristian como si nada.
La pregunta sobre su paradero en todos esos años sería el tema principal de conversación entre ellos.
Si ella se presentaba en perfecto estado, entonces la conclusión que él sacaría sería simple: ella lo había abandonado por voluntad propia.
Y nada había sido así, aunque al final sí terminó yéndose con el dinero que le dio Gonzalo.
Pero si aquel viejo no hubiera estado entrometiéndose, ella se hubiera quedado a su lado.
Porque el motor de su relación no había sido solamente la ambición.
Ella realmente lo había amado.
Tenerlo frente a sí de nuevo le trajo demasiados momentos compartidos del pasado.
En aquel entonces, Cristian era el chico más guapo de la universidad; ahora, era un hombre irresistible.
Los años solo habían aumentado su atractivo.
Desde la penumbra de la cama, disimulando su mirada bajo sus pestañas mojadas, Graciela recorrió cada centímetro de la figura masculina frente a ella.
El porte que emanaba aquel hombre era de un poder aplastante.
El traje oscuro remataba la anchura de sus hombros y la firmeza de su pecho, de ese pecho en el que había dormido tantas veces después de jornadas extenuantes de sexo.
Ahora, verlo con esa compostura madura y dominante hizo que un calor sofocante encendiera cada centímetro de su piel.
Se había acostado con muchos hombres a lo largo de los años, pero debía admitir dentro de sí que Cristian había sido simplemente el más memorable.
Una punzada de deseo le atravesó el vientre. Lo quería. Necesitaba volver a sentir la fuerza de esas manos sobre su cuerpo.
—¡Cristian! —gimió, y no fue precisamente por el dolor que invadía cada espacio de su ser luego de la paliza que había pedido que le dieran.
Aunque, claro, Cristian pensó que era por eso.
—¿Te duele algo? ¿Llamo al médico?
Él se puso de pie. Sentir su preocupación fue como una oleada de éxtasis.
Graciela dejó escapar un pequeño suspiro y apretó los párpados con suavidad, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas mientras estiraba la mano con debilidad sobre la sábana.
—Estoy bien... —murmuró, con una sonrisa frágil—. ¿Pasaste toda la noche en ese sillón?
Cristian asintió levemente, sin apartar los ojos de ella.

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