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El juguete del abogado romance Capítulo 66

—Dime que todavía me sigues amando…

Justo cuando Graciela terminaba de decir esas palabras, sintió la mano de Cristian envolver su muñeca. Sin embargo, en lugar de sostenerla contra su rostro, como ella hubiera esperado, la apartó con cuidado.

Él se enderezó cuan largo era, tomando distancia.

Una distancia que se sintió como una ofensa.

¿Desde cuándo era así de frío?

Recordaba que en el pasado siempre hacía cualquier cosa para tocarla.

—Muchas cosas han cambiado en nueve años, Graciela —respondió, clavando sus ojos en ella—. Ahora estoy casado.

Cuando decidió decirle que lo amaba, Graciela no consideró la idea de ser rechazada. Aquella posibilidad era tan mínima que simplemente la descartó de inmediato.

—Oh…

Sus hombros decayeron y su expresión se llenó de una congoja que no era precisamente fingida.

«¿Aquella chica era su esposa?», se preguntó a sí misma.

Graciela apenas le había dado un vistazo, pero se veía tan joven. Lo lógico era asumir que simplemente se trataba de un poco de diversión.

—Lo siento. No quise incomodarte —murmuró, desviando el rostro con torpeza mientras ocultaba la mano que lo había tocado entre las sábanas, como si la acusara a ella, a esa mano, de ser la culpable de cruzar los límites entre ellos.

Se encogió en la cama, dejando escapar un suspiro trémulo.

—Nueve años... —repitió con la mirada perdida en la nada—. Es cierto. Es demasiado tiempo... Es increíble que haya perdido tantos años de mi vida.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y un sollozo interrumpió su discurso.

—Perdóname, Cristian —gimió con dolor—. Por favor, perdóname. Lo normal es que hayas hecho tu vida... Yo simplemente no debí asumir nada.

Hizo ademán de secarse las lágrimas, pero él le ofreció un pañuelo de tela fina.

Ella, manteniendo la mirada baja, no pudo evitar reparar en el reloj Patek Philippe ajustado en su muñeca.

Lo reconoció al instante.

La semana pasada había visto ese mismo modelo en una revista y recordaba perfectamente que el precio era una locura que no cualquiera podía permitirse.

Tomó con cuidado el pañuelo, mientras consideraba que seguramente ese matrimonio no era nada serio.

Un tipo como él lo más probable era que hubiera hecho firmar a la chica un acuerdo prenupcial y que sus bienes estuvieran completamente separados.

Por más que fuera su esposa, el dinero seguía siendo de Cristian y, además, aquel matrimonio muy pronto iba a terminar.

Recuperando la calma, quiso indagar un poco más.

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