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El juguete del abogado romance Capítulo 67

«Javier, hay un lugar maravilloso que quiero mostrarte. ¿Te paso recogiendo después del colegio?»

Estefanía escribió aquel mensaje con discreción.

Seguía en clases, pero le emocionaba la idea de ir con Javier a la casa de sus padres.

Con tantas cosas que habían pasado en los últimos días, a ella se le olvidó decirle sobre ese regalo que le había dado Cristian.

Justo ahora tenía muchas ideas en mente para esa casa: remodelarla, mudarse.

La zona no era la más privilegiada y ciertamente muchas cosas le quedarían lejos, pero le emocionaba de igual forma.

Estefanía se dio cuenta tarde de que ya estaba haciendo planes para su soltería.

A este punto no sabía si se estaba precipitando o si lo mejor era irse antes de que Cristian lo propusiera.

Con su gran amor de vuelta, ella no tenía nada que hacer a su lado. Y, en definitiva, no tenía intención de luchar por él; lo había hecho cuando se suponía que esa mujer estaba muerta y, como resultado, se topó con una pared cada maldita vez.

Él no la amaba y tampoco pensaba tener una familia con ella.

En este punto, ¿cómo podía sostenerse un matrimonio? El sexo no faltaba. ¿Pero debería ser ese el único motor de su relación?

Estefanía no quería engañarse más, ya lo había hecho bastante. La única forma de proteger su corazón era irse primero.

—Señorita López —la voz severa del profesor cortó bruscamente el hilo de sus pensamientos—. Veo que la pantalla de su teléfono parece ser infinitamente más interesante que la cátedra de hoy.

Los ojos de todos cayeron sobre ella al instante.

Estefanía escondió rápidamente el celular, maldiciéndose por no haberlo ocultado a tiempo.

—Ya que demuestra tanta seguridad como para ignorar la lección —siguió diciendo—, tenga la bondad de pasar al frente y explicarnos a todos la diferencia práctica entre la gestión de activos y la valoración de riesgo en este caso. Adelante.

Se puso de pie, sintiendo su corazón palpitar aceleradamente.

No había escuchado ni una sola palabra de la lección impartida en los últimos quince minutos.

Su cabeza estaba dispersa desde la noche anterior, así que no tuvo más opción que improvisar.

—Claro, eh… con respecto a los activos…

Una hora después, Estefanía sentía que había pasado la vergüenza más grande de su vida. Sus palabras habían terminado enredándose, había divagado un poco y, al final, el profesor la había mandado a sentar con un sermón.

Estefanía se pasó la mano por la cara con frustración.

¡Qué desastre!

«Estefi, hoy tendré que ir a repasar para un examen con unos compañeros. No podré ir contigo a ese lugar del que hablas», leyó entonces el mensaje que le había dejado Javier cinco minutos después de su regaño.

Ese chiquillo parecía tener una agenda demasiado apretada.

¿Cómo era que no podía sacar tiempo para dar una vuelta con su hermana? Ni siquiera pensaba quitarle más de una hora.

«Javier, dame la dirección de tus amigos. Iré por ti cuando termines».

La respuesta de Javier llegó a los pocos segundos.

«No te preocupes por mí, hermana. Ellos me llevarán de regreso».

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