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El juguete del abogado romance Capítulo 68

¿Que si le molestaba?

Estefanía la observó sin expresión. Había que tener muy poco sentido común como para preguntar una cosa como esa.

—No —contestó ella, con una sonrisa lenta, llena de sarcasmo—. ¿Ya te dijo mi marido dónde vas a dormir? Quizás pueda cederte mi lado de la cama.

Graciela abrió muy grande los ojos, mientras se tapaba la boca con una mano, aparentemente horrorizada por la propuesta que le había hecho.

¿Pero no era esa su intención cuando decidió meterse por voluntad propia a su recámara?

¿Cómo podía hacerse la sorprendida ahora?

—¡Oh, Estefanía, por favor! Creo que estamos empezando con muy mal pie —dijo Graciela, dando un paso atrás y dejando el portarretrato con manos temblorosas en la mesita de noche, como si temiera romperlo—. Déjame presentarme primero... Yo soy Graciela. Soy una vieja amiga de Cristian. Lo que estás imaginando de verdad no es correcto.

Los ojos de Graciela se tornaron cristalinos al segundo siguiente, en un perfecto papel de víctima. O quizás ella la estaba prejuzgando por el simple hecho de ser la mujer a la que amaba su marido. Tal vez en el fondo solo se estaba dejando llevar por los celos.

—Sé que todo esto debe ser chocante para ti, y de verdad me siento horrible por incomodarte en tu propia casa —continuó ella con la voz quebrada—. Cristian solo tuvo compasión de mí... Acabo de pasar por una pesadilla terrible y no tenía a nadie más a quien acudir. Él es un buen hombre, solo intentaba ayudarme.

—Sin duda es buen samaritano. ¿Ya pensaste cómo pagarle?

Sus palabras eran frías, sin un rastro de emoción.

En este momento ni siquiera podía reconocerse a sí misma.

—¡Oh, Dios mío, ¿qué dices?!

—Digo que si tu intención es pagarle con sexo, no te hagas la víctima frente a mí.

Ya que ellos estaban decididos a darle pie a su amor, ¿por qué ella tenía que soportar sus faltas de respeto?

—Sal de aquí —señaló la puerta con un dedo.

Graciela la miró entonces, frunciendo el ceño.

De repente, comenzó a lloriquear más alto, como si su intención fuera ser escuchada por el edificio entero.

—¡Estefanía, te lo juro, entré a este lugar sin querer! ¡Solo buscaba el baño! ¡Por favor, entiende que prefiero estar en la calle antes que destruir un matrimonio! ¡No te tomes mi presencia como una amenaza! ¡Esa no es mi intención! ¡Lo juro! ¡Lo juro!

De la nada, tomó el portarretrato de su boda y lo estrelló contra el suelo con fuerza, dejando miles de fragmentos de vidrio esparcidos.

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