—¡Abre la maldita puerta!
El estruendo de aquella voz hizo que las manos de Estefanía se detuvieran por un breve instante.
Miró hacia la puerta cerrada con frialdad, mientras seguía metiendo sus cosas en la maleta abierta sobre la cama.
Se llevaría cada maldita cosa. Todo lo que él le había regalado.
La ropa de diseño. Las joyas. Los perfumes caros. Todo.
Lo tomaría como el único bien que sacaría de este matrimonio.
Luego lo vendería por una alta suma de dinero.
El dinero que obtendría de esas cosas sería su capital para empezar de nuevo junto con su hermano.
Ahora mismo solo podía pensar en Javier y en el hecho de que necesitaban evitar caer en las manos equivocadas de nuevo.
Ya había estado antes sin nada. Sabía el riesgo que representaba desesperarse por dinero.
No volvería a cometer los mismos errores del pasado.
Ya no era la misma chica de hace dos años.
La vida le había dado muchas lecciones.
De repente, por su mente pasaron imágenes del pasado.
Se recordó a sí misma entrando en aquel club de mala muerte pensando que vender su cuerpo era la solución a sus problemas; recordó también el trágico final que tuvo su amiga Carolina a manos de hombres malos; y cómo a ella, sin importar que había entregado su virginidad, le arrebataron el dinero y la golpearon luego.
La vida no era nada justa.
Se aseguraría esta vez de sacar una ventaja de esto.
La manija de la puerta seguía moviéndose con violencia y los golpes no cesaban. Estefanía estaba terminando de cerrar la maleta en el mismo instante en que Cristian la derribó de una patada.
La presencia del hombre pareció confiscar todo el aire de la habitación, sofocándola.
Lo ignoró o hizo el intento, mientras terminaba de jalar el cierre.
—¿Qué crees que haces?
Antes de que pudiera procesarlo, la maleta fue lanzada al piso con brusquedad. Inmediatamente, escuchó el crujido del vidrio y supo que se habían derramado los perfumes.
No pudo evitar pensar en el Baccarat Rouge 540 y en el frasco de Clive Christian que costaban más de mil dólares, ahora completamente derramados sobre la alfombra.
—Mira lo que hiciste, imbécil —se agachó para recoger los cristales, como si pudiera juntarlos y repararlos con solo eso.
Cristian maldijo entre dientes.
—¿A quién le importa esa porquería?
—¡A mí! ¡Son míos! No tenías que tirarlos.
—¿Quieres perfumes? ¿Quieres dinero? —su tono repentinamente desquiciado la dejó paralizada—. Pues toma la puta tarjeta y cómprate la tienda entera si quieres.
La arrojó entonces sobre la cama junto con un fajo de billetes.

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