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El juguete del abogado romance Capítulo 70

—¡Dije que me voy! —repitió ella con mayor determinación.

Nunca antes se había sentido tan decidida en su vida.

Cristian arrugó la nariz con un aspecto felino.

—¿A dónde? ¿A dónde crees que vas a ir?

—¡A cualquier parte lejos de ti!

—Inténtalo.

Una sola palabra.

Aparentemente un reto.

—¿De verdad piensas que no puedo hacerlo?

—¿De verdad crees que te dejaré intentarlo siquiera?

—¿Y por qué no lo harías? ¿No tienes ya a tu querida Graciela? —no pudo evitar que su voz saliera más ácida de lo que pretendía.

¡Malditos celos!

Sentía como si se quemara por dentro. Odiaba esa rabia visceral, ese veneno traicionero que le retorcía las entrañas al imaginarlos juntos. Le daba asco reconocer que, aun en medio de la ruina de su matrimonio, la sola idea de ver a Graciela ocupando su lugar le abría una herida sangrante en el pecho.

Pero todo esto era su culpa, su culpa por haberlo amado tanto.

Se lo merecía por entregarle todo de sí sin reservas. Por colocar su corazón en bandeja de plata y ofrecérselo como una ofrenda que él no supo apreciar y que justo ahora pisoteaba.

—Te explicaría la situación con ella si dejaras de ser tan irracional.

Otro golpe directo.

Ella era la irracional. La histérica. La maldita desquiciada.

Y sí, quizás lo estaba.

Sacudió la cabeza mirando al suelo.

Esta no era la imagen que pretendía dar. Ella había querido irse con la dignidad intacta.

—No pretendía que se quedara a dormir aquí —explicó él, aprovechando ese breve momento de distracción para sujetar su mejilla con suavidad y alzar su rostro—. La traje a casa solo porque ella quería conocerte.

No pudo evitar bufar dentro de sí.

—Yo no quería conocerla, Cristian. Debiste decirle eso de camino aquí.

—¿Por qué no lo harías? ¿Cuál es el problema?

—¡¿En serio te preguntas cuál es?!

Aquella mujer había sido un fantasma constante en su relación y él se atrevía a preguntar una cosa como esa. ¿Con qué derecho?

—Sí, habla y trataré de entenderte.

—Tratar… —repitió sacudiendo la cabeza.

¿De verdad valía la pena gastar saliva con él?

Estefanía sintió que, sin importar lo que dijera, nada de esto tendría remedio.

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