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El juguete del abogado romance Capítulo 71

Estefanía cerró los ojos sintiendo cómo el agua caliente aflojaba la rigidez de sus músculos. Había dicho que se daría una ducha rápida, pero terminó vertiendo una buena cantidad de gel espumoso de lavanda y aceites esenciales en el jacuzzi.

Allá afuera el mundo bien podría venirse abajo; ella estaba justo donde quería y necesitaba.

Cuando salió del baño casi una hora después, se sentía renovada.

Por un momento pensó que aquel par se había cansado de esperar y había decidido irse, pero entonces escuchó las voces que se filtraban desde la sala. Aunque debía admitir que hablar en plural era una exageración, era prácticamente una sola persona la que hablaba.

—¡Oh, Cristian, es sencillamente magnífico! —exclamó Graciela, con un tono meloso y repugnante—. Es una pieza de Monet, ¿verdad? No puedo creerlo... Nunca lo olvidaste. Sabías perfectamente que es mi artista favorito desde la universidad. Qué detalle tan hermoso tienes guardado aquí.

—Lo vi en una subasta de casualidad —respondió él, sin confirmar ni desmentir nada.

«¿Casualidad?», pensó Estefanía con amargura, clavando su mirada en la pieza.

Antes le encantaba la delicadeza con la que la luz parecía filtrarse entre los lirios de agua. Ahora, los colores pasteles le resultaban empalagosos, insípidos y marchitos.

Sin duda haría un poco de limpieza más tarde.

—¡Estefanía, al fin! ¡Te ves tan radiante! —exclamó Graciela, girándose hacia ella con una enorme sonrisa.

Era tan hipócrita, pero no le daría el gusto de volver a verla mal.

Estefanía correspondió el gesto con otra sonrisa y entonces le dijo con una voz tan dulce, que bien podía asemejar al canto de las aves por las mañanas:

—Lamento haberte hecho esperar, querida. Me moría por conocerte, aunque... ¡Uf!, cierto que ya lo hicimos. Discúlpame por mi arrebato de antes. Es que, ya sabes, soy tan joven.

Y con toda la mala intención del mundo, deslizó lentamente una mano por su cuello, acariciando su propia piel con una delicadeza provocativa, mientras clavaba sus ojos directamente en su marido.

Cristian la devoró entonces con la mirada, recorriendo la palidez de su piel y la frescura que emanaba.

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