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El juguete del abogado romance Capítulo 73

Si pensó que esperarlo era un suplicio, tener la firmeza de su cuerpo pegada a su espalda era un auténtico infierno.

Ardía.

Un fuego denso y sofocante se abría paso bajo las sábanas, amenazando con arrebatarle la poca cordura que le quedaba.

Estefanía decidió no emitir ningún sonido ni hacer el más mínimo movimiento. Con suerte se cansaría pronto y se largaría; quizás hasta se subiría a su auto e iría a buscar a esa mujer.

El último pensamiento estuvo a punto de hacerla gruñir de pura rabia. ¿Por qué le costaba tanto imaginarlo con ella?

Estefanía se dio cuenta entonces de que amar tanto la ponía en desventaja. Estaba segura de que, si fuera ella la que se consiguiera a otro tipo, él ni siquiera se inmutaría.

Por un momento quiso verle la cara cuando lo hiciera.

El hombre, completamente ajeno a los pensamientos de venganza que se apoderaban de su mente, emprendió su propia labor. Hundió el rostro en la curvatura de su cuello y presionó los dientes contra su hombro: suave, profundo y caliente, dejando que percibiera el filo marcado de su dentadura atrapando su piel con lentitud.

En otro momento, esto le hubiera hecho soltar un sonoro gemido. Pero contuvo la respiración, ahogándolo en el fondo de su garganta mientras clavaba las uñas en la sábana, dispuesta a resistir el temblor que amenazaba con traicionar su cuerpo.

—¿Cuánto más crees que puedas resistir? —su voz vibró, espesa y dominante, erizando los vellos de su nuca.

Cristian no tenía prisa; quería llevarla al límite para demostrar su punto, demostrar que, con un par de toques, bastaba para que ella olvidara que horas antes había metido a casa a aquella mujer.

Él de verdad quería que lo disculpara usando a su propio cuerpo como mecanismo.

Pero esta vez no iba a darle lo que quería. Mucho menos iba a ceder.

Estefanía se mentalizó para luchar con todo en contra. Puso su mente en blanco, o al menos lo intentó, mientras las manos de aquel hombre subían por los costados de su cuerpo: palpando, presionando, tocando los lugares exactos.

Sentía su erección crecer en su trasero; el roce de esa cosa enorme la tenía al borde… mordiéndose el labio inferior con disimulo, mientras lo recordaba dentro de sí. Recordaba su dureza, la forma en que solía albergarlo y cómo su vagina se humedecía a su alrededor, lubricándolo una y otra vez con cada penetración.

De repente, se descubrió a sí misma gimiendo bajito, como una gatita en celo. Odió ese sonido, odió que su propio cuerpo se inclinara hacia atrás buscando aumentar el roce, odió cómo su cadera respondió sola, traicionándola con un vaivén leve pero inconfundible.

Ante su rendición involuntaria, Cristian no perdió tiempo: hundió una mano en su vientre y la jaló hacia atrás, sin dejar un milímetro entre ellos. Le sujetó la cadera y la reclamó con la naturalidad de quien toma algo que le pertenece.

—Ves cómo no estabas dormida.

Su otra mano subió hacia su mentón, encajando un par de dedos en la mandíbula para obligarla a girar la cara.

La boca del hombre buscó la suya, pero ella se apartó.

—Sin besos —dijo con frialdad.

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