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El juguete del abogado romance Capítulo 79

Estefanía respiró profundamente, tratando de serenarse. Había querido ver a su hermano antes de cualquier confrontación, pero aparentemente eso no iba a ser posible.

—Todo este tiempo has tomado mis palabras como burla —suspiró con cansancio—. No entiendes que voy en serio cuando digo que quiero separarme. Cristian, de verdad, no nos hagamos más daño. Podemos ser amigos. Tengo mucho que agradecerte. Lo que hiciste por Javier anoche no tengo cómo pagarlo, pero… no quiero seguir desgastándome en un matrimonio que no va a ningún lado. Solo… entiéndelo.

Cuando terminó de hablar, lo miró esperando que el hielo en su expresión se derritiera un poco, que fuera ese hombre inteligente y maduro que tanto presumía. Pero en su lugar era como si sus palabras hubieran caído en saco roto, desparramándose en el suelo para luego ser pisoteadas por su costoso zapato de cuero.

—¿Qué te hace creer que soy el tipo de hombre que puedes dejar cuando se te antoje?

La rabia en su cara era más que clara.

Estefanía sabía que aquello era un insulto para él: que ella, una mocosa, una don nadie sin familia ni dinero, lo dejara. ¿Con qué derecho?

Él empezó esto y él mismo lo terminaría. Era así como funcionaban las cosas en su mente.

Según Cristian, ella debía esperar a que se hartara, pero ella no quería esperar a eso.

—¿Entonces qué se supone que debo hacer? —bufó, intentando soltarse—. ¿Esperar aquí sentada hasta que seas tú quien decida traer los papeles del divorcio? Cristian… ya regresó tu gran amor. ¿Por qué no te vas con ella de una buena vez?

—¿Divorcio? —escupió afianzando su agarre. Sus dedos se enterraron en su piel, lastimándola—. Entiende algo, esposa. A diferencia de ti, cuando decidí casarme, no lo hice como un juego. Eres mi mujer. La esposa que elegí y tú estuviste de acuerdo.

—Pues perdón por ser una niña que no sabía lo que quería en aquel momento.

—¿Niña? A mí no me pareciste una niña cuando te paraste frente a mí y dijiste amarme. ¿Ya se te pasó el amor? ¿Tan inestable eres?

Ahora era ella quien no pudo evitar sentir una ira inexplicable.

Su amor, ese amor puro que le había confesado con el corazón en la mano, ahora él lo tomaba como un chiste.

—Pues ya ves, parece que me equivoqué. Al final no he estado con tantos hombres como quiero.

—¿Hombres? —repitió Cristian en un susurro grave. Sus ojos se oscurecieron y el agarre en su brazo se volvió implacable.

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