Los ojos de Estefanía se llenaron de lágrimas.
Recordaba una a una las humillaciones pasadas, la impotencia de saber que nadie le creía.
—¡Maldito! ¡Lo supiste todo el tiempo! —estalló ella, ciega de la rabia.
Su mano se movió con toda la intención de cruzarle la cara, pero Cristian atrapó su muñeca en el aire.
Se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia hasta que su aliento le rozó la cara.
—No vuelvas a decir tonterías como esa —sentenció en un murmullo peligroso—. No hay más hombres, ni los habrá.
Un temblor la sacudió de pies a cabeza.
Lo que decía, la forma en que lo hacía... no eran simplemente las palabras de un esposo celoso.
La posesividad de Cristian iba un poco más allá. Como la de un dueño que ha marcado su nombre a fuego en carne viva: ella era algo que él había pagado, moldeado, y que preferiría destruir con sus propias manos antes que ver en brazos de alguien más.
—Cristian… —Balbuceo de pronto, queriendo dar un paso atrás, alejarse de su órbita destructiva.
—No hay divorcio, Estefania —declaró con calma, como si no hubiera una amenaza implícita en cada palabra—. Ni ahora ni nunca. Sácate esa estúpida idea de la cabeza.
Estefanía guardó silencio. Algunas batallas simplemente no se podían ganar. Y esta era una de ellas.
Este no era el Cristian de siempre. Era una versión que no conocía. Como si se acabara de despojar de una máscara para mostrarle su verdadera naturaleza. Esa que siempre supo resguardar bien bajo capas y capas de indiferencia.
En dos años, había sido siempre ella quien estuvo detrás, en busca de una mirada, de una conversación sincera, de un poco de cariño de un hombre insensible, pero nunca se dio cuenta de que el demonio que habitaba en él se alimentaba exactamente de eso.
Él quería su devoción absoluta.
Ser el centro de su universo.
Y luego de ser venerado por tanto tiempo, no estaba dispuesto a renunciar a eso.
—¿Lo has entendido? —su tono se volvió más suave, casi cariñoso.
Ella asintió lentamente.
No porque lo estuviera entendiendo ni mucho menos, sino porque necesitaba cambiar su estrategia.
Justo ahora era una hormiga luchando contra un león. No había posibilidad de ganar.
—Quiero… ver a Javier.
—¿Dónde dejaste tu maleta?
—Cristian, no quiero a esa mujer de nuevo en nuestra casa. Sácala de nuestras vidas y no me iré.

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