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El juguete del abogado romance Capítulo 81

Estefanía necesitó un par de segundos para serenarse antes de abrir la puerta de la habitación de Javier.

Al hacerlo, lo encontró acostado en la cama, con la mirada fija en el techo.

Sus piernas, que hacía apenas un instante se sentían tan inestables e incapaces de sostenerla, ahora se movieron con prisa, acortando la distancia, mientras se inclinaba para presionar la palma de su mano contra la frente de su hermano.

—¿Cómo estás? ¿Qué te duele? —preguntó con la voz entrecortada, notando que afortunadamente no tenía fiebre.

Javier parpadeó, tomándose un momento para acomodarse despacio sobre las almohadas, y le dedicó una sonrisa débil.

—Ya me siento un poco mejor —murmuró, desviando ligeramente la vista—. Pero el médico dijo que el dolor puede volver en cualquier momento si me esfuerzo.

Un suspiro de alivio escapó de sus labios, aunque el nudo en su garganta no desapareció. Pensar que algo pudiera pasarle la llenaba de culpa.

—Lo siento tanto, Javier —se disculpó Estefanía, sentándose en el borde de la cama para acariciarle el rostro con ternura—. No debí apagar el teléfono. Eres mi hermano pequeño y fui muy irresponsable al dejarte solo. Te juro que no volverá a pasar.

—Cristian nos ha dado mucho, Estefanía —dijo él, cubriendo su mano con la suya—. Deberías pensar mejor las cosas.

Estefanía recordó todo lo que había pasado hacía unos minutos, aquella conversación que la había dejado mentalmente agotada.

¿Pensar?

Justo ahora no quería pensar mucho.

—Tranquilo, Javier. Lo importante ahora es que estés bien.

—¿Entonces prométeme que te vas a quedar esta noche?

No necesitaba prometerle nada. Era obvio que Cristian no la iba a dejar dormir fuera de nuevo.

—Me quedaré. Por ahora las cosas seguirán como antes.

Javier suspiró, recostándose mejor en la cama.

—Genial.

—¿Por qué cambiaste de opinión? —no pudo evitar preguntar, notando rara su actitud—. ¿No se suponía que estabas de acuerdo con que las cosas entre nosotros terminaran?

—Hasta hace una noche me parecía que ese tipo era un robot insensible —admitió con calma—. Pero ahora me doy cuenta de que no es tan malo. Se preocupó, me llevó al médico y se encargó personalmente de todo. No soy nada suyo, no soy su familia, y aun así lo hizo. Supongo que sí tiene un corazón y que quizás, después de todo, pueda ser descongelado.

Estefanía bufó, incapaz de contener una risa amarga.

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