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El juguete del abogado romance Capítulo 82

Estefanía se acostó en la cama, escuchando el sonido del agua cayendo en el baño. Sabía que Cristian saldría en cualquier momento y el nerviosismo no la dejaba tranquilizarse.

Durante los dos años que llevaban juntos, el sexo había sido casi diario. Las pocas veces que no ocurría, al día siguiente él se volvía especialmente insaciable.

Esta noche no iba a ser la excepción.

Sabía perfectamente que la buscaría, tal vez no solo por deseo, sino como una forma de castigo por haber intentado dejarlo.

Ella no era una santa, había disfrutado cada noche con él, las largas jornadas y quedar desplomada sobre el colchón sin energía.

Pero esta noche necesitaba distancia.

Separar su corazón de su cuerpo y pensar esto con cabeza fría.

El sonido del agua cesó poco después. Sus extremidades se tensaron un segundo antes de que la puerta del baño se abriera y el aroma familiar de su jabón se filtrara por toda la habitación.

Estefanía no se volteó. Se quedó de espaldas, con los ojos cerrados, escuchando el sonido de la toalla deslizándose por ese cuerpo alto y esculpido, secándolo sin prisa, para escuchar después sus pasos que poco a poco se acercaban a la cama.

El peso sobre el colchón fue inconfundible.

La presencia de aquel hombre a su espalda no se podía ignorar, tampoco su calor ni sus ganas.

—Hoy no vamos a jugar a eso de hacerse la dormida —declaró, mientras una mano, todavía húmeda y fría por el agua, se deslizaba sin prisa sobre la tela de su pijama, subiendo desde sus muslos hasta la cadera para pegarla con firmeza contra su pecho—. Estás despierta, lo sé.

Sin darle tiempo a responder, sus manos comenzaron a tocarla sin pudor, reclamándola como algo de su posesión.

—Cristian… —murmuró ella, bajito.

—¿Mmm?

El hombre, que parecía más concentrado en apretar sus senos, apenas pudo emitir un sonido.

Ella se giró lentamente sin apartarlo, buscando sus ojos en la penumbra.

Él se detuvo mirándola, mientras ella alzaba una mano con lentitud hasta alcanzar su mejilla fría y cubierta con un poco de barba incipiente.

—No quiero que me busques solo por sexo —murmuró, acariciando su mejilla con la yema de los dedos—. Duerme conmigo esta noche, sin tocarme... Por favor.

El ceño del hombre se frunció apenas, como si no hubiera esperado aquella petición.

—¿No te gusta que te toque?

Las pruebas no mentían.

Estefanía sabía que en su cabeza, él tenía un historial completo de todas las veces que había gemido muy alto su nombre. Pedirle ahora que dejara de hacer algo que los volvía locos a los dos, no tenía sentido para él.

Pero esa era la cosa.

Cristian no estaba considerando un factor muy importante: para ella, el coito nunca lo había sido todo. Habría preferido mil veces renunciar al sexo si a cambio tuviera una sola muestra sincera de amor; necesitaba sentir su corazón, no solo esa hambre animal que lo dominaba por las noches.

—Me encanta —fue sincera. No tenía caso mentirle cuando los dos conocían la verdad—. Pero hoy solo quiero sentir cómo me rodean los brazos de mi esposo.

Cristian miró hacia abajo, hacia el bulto que se alzaba dentro de su bóxer.

Esa cosa estaba despierta, muy seguramente desde esta mañana. Lo había sentido en el pasillo cuando la besó.

Y posiblemente él había esperado todo el tiempo hasta este momento; contando en su mente las horas, viviendo el suplicio de desearla tanto.

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