—Perdón, ¿te incómoda? —preguntó Graciela, ladeando la cabeza con los ojos muy abiertos, como si la sola idea de causarle una molestia la tomara por sorpresa—. No quería presumir ni nada de eso... Solo pensé que te daría gusto saber que él me cuida. Después de todo, la última vez me dijiste que los dos se preocupaban por mi bienestar.
—¿Por qué me molestaría? —sonrió Estefanía, barriéndola con la mirada desde arriba.
Eran casi de la misma altura, pero eso no le impedía observarla desde su posición de esposa, una posición que estaba muy por encima de una aparecida.
—Compra lo que quieras, cariño. Nos sobra el dinero y siempre me ha gustado dar caridad.
—Oh, qué generosa eres... toda una señora —respondió Graciela, dejando caer su fachada dulce, una fachada que no le quedaba en lo absoluto.
Desde lejos se notaba su hipocresía y su ambición. ¿Cómo era que Cristian no lo veía? ¿Tan ciego estaba por esa mujer? La sola idea la llenó de amargura.
—Pues sí —replicó, sosteniéndole la mirada sin alterar el tono calmado de su voz, aunque en el fondo solo quería gritar—. Al final soy yo la que lleva su apellido. Con permiso.
Dio un paso hacia adelante para dejarla atrás, pero Graciela se le atravesó en el camino.
—¿El apellido y qué más? —se burló, dejando escapar una risita—. Una esposa solo de nombre, querida. Quizás útil en la cama... ¿pero qué más tienes?
Estefanía la miró entrecerrando los ojos. Era increíble la seguridad que desprendía, como si conociera perfectamente todos los problemas que atravesaba su matrimonio.
—Tengo lo que tú no tendrás, eso es seguro.
—¿Ah, sí? —sonrió ella como si supiera que mentía—. Pobre…
Estefanía no le dio el gusto de verla dudar.
Hizo un gesto despectivo con la mano, como si considerara que la conversación era una pérdida de tiempo y tenía mejores cosas que hacer, pero entonces Graciela se le atravesó de nuevo, dispuesta a hacerle perder los papeles.
—¿No me vas a preguntar nada más? —continuó, bajando la voz a un tono casi confidencial—. ¿Ya te dijo que me compró un departamento? Dice que no quiere que ande pasando trabajo. Es muy bueno. Supongo que lo consultó contigo, ¿verdad? —Llevó una mano a su pecho con fingida conmoción, abriendo los ojos de par en par mientras la miraba con una lástima burlona—. Oh, espera… ¿no te lo dijo?
No, por supuesto que no.
Estefanía alzó la barbilla, queriendo ser inmune a su provocación.
Pero no podía dejar de pensar en todo lo que Cristian hacía a sus espaldas.
Ya le había comprado una casa, ¿significaba eso que la había convertido en su amante oficial?
¿En qué posición la dejaba?
Hacía tan solo un día le había pedido que sacara a esa mujer de su vida y que ella no se iría, pero ya estaba faltando a su palabra.
—Espero que esto no cause un problema entre ustedes, es lo último que quiero…
—Tranquila, no lo causará.
Esta vez, Estefanía logró evadirla sin impedimento, pero el objetivo de esa mujer había sido cumplido.
Sus ojos se humedecieron de pura rabia.
¡Mentiroso!
¡Falso!
¡Egoísta!
¿Por qué la quería atada a él si al final iba a meter a esa mujer en medio de los dos?
No lo entendía.
No entendía para qué la engañaba si ella solo le había pedido un poco de amor.

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