Estefanía se sentó en el sofá sin poder controlar su ansiedad.
Su pie derecho golpeaba insistentemente contra el piso, mientras observaba la hora en su teléfono.
Diez y media de la noche.
Su esposo todavía no llegaba.
¿Estaba con esa mujer? ¿Se habían ido al nidito de amor que le había comprado?
No quería ser esto: un manojo de rabia y celos, pero no podía controlarse. Odiaba la sensación. Odiaba recordar la cara de triunfo de esa mujer y todo lo que le había dicho.
Había recibido un solo mensaje de Cristian esa noche:
«No me esperen para cenar, llegaré tarde».
Como siempre, no decía el motivo. Simplemente llegaba a la hora que le daba la gana. Y ni siquiera podía decir que esto era nuevo; antes de que Graciela regresara, los horarios de Cristian ya eran así de inestables.
Muchas veces se había ido a dormir sola. En medio de la madrugada él siempre la despertaba, no importaba la hora. Había descubierto en esos dos años de matrimonio que Cristian no podía dormir a su lado sin tocarla.
Ya fuera un simple apretón en el seno o incitarla hasta tener sexo, sus manos siempre estaban encima de su cuerpo.
Ella solía recibirlo con gusto. Las preguntas como «¿A dónde estuviste?» o «¿Por qué llegaste tarde?» se perdían en su cabeza, transformadas en gemidos.
Y así había sido su vida hasta ahora, que deseaba haberle puesto un maldito rastreador en el trasero.
Nunca le había pasado por la mente la idea de que pudiera serle infiel, pero se daba cuenta de que un hombre con su apetito sexual sin duda tenía mucha energía.
¿Una, dos, tres mujeres? ¿Cuántas podía tener?
Su nivel de ceguera era simplemente inaudito.
De repente se escuchó un suave clic. Su vista se giró directamente hacia la puerta.
Y allí estaba su querido esposo llegando.
Cristian la miró, entrecerrando ligeramente los ojos.
—¿Qué haces todavía despierta?
Ni siquiera era una disculpa por la hora en que llegaba o una explicación siquiera.
—No quería dormir —contestó, conteniendo la amargura y el hecho de que el sueño la hubiera evadido de todas formas.
Cristian avanzó despacio por la sala, dejó el maletín sobre el mueble y se desajustó la corbata, aflojando el cuello de su camisa. Se sentó a su lado y, sin pedir permiso, la rodeó con un brazo para atraerla hacia él, enterrando la cara en la curva de su cuello.
—Todavía me queda algo más por revisar —murmuró con voz cansada, aspirando el aroma de su piel.
Estefanía se tensó al instante. Tenía ganas de discutir, no de que la abrazara.
Él lo notó de inmediato, alejándose unos centímetros para mirarla. Levantó una mano y le sostuvo la cara, obligándola a fijar su vista en él.
—¿Qué pasa?
Ella no aguantó más, se zafó de su agarre y explotó:
—¿Por qué le compraste un departamento a esa mujer?
La mirada de Cristian se volvió más fría.
—¿Ella te lo dijo?

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