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El juguete del abogado romance Capítulo 87

—¿Javier? Por favor, responde... —murmuró Estefanía, apretando el teléfono contra su oreja mientras caminaba a paso apresurado bajo el sol hasta encontrar la parada de transporte.

Marcó y marcó el número de su hermano una y otra vez con el mismo resultado: buzón de voz.

Se sentía desesperada. Javier era menor de edad; se suponía que no sabía ni debía conducir.

Pero él había encendido su auto como todo un experto y se había largado dejándola abandonada en aquel lugar.

Quiso creer que esto era solo una rabieta y se había ido directo a su colegio, así que tomó un taxi hacia allá.

Sin embargo, al llegar a la dirección, le confirmaron lo que en el fondo ya temía: Javier jamás había cruzado la puerta de la institución esa mañana.

Siguió marcando su número sin descanso, buscando por los alrededores con un nudo en la garganta.

Al no obtener respuestas y al ver que la tarde comenzaba a caer, no le quedó más remedio que regresar al departamento, donde se dedicó a esperarlo sumida en la desesperación.

No podía poner una denuncia ni informar a las autoridades. Lo metería en serios problemas. Lo único que podía hacer era…

Estefanía sacó su teléfono y buscó el contacto de Cristian, dudando durante varios segundos antes de marcar su número.

Esta mañana había despertado entre sus brazos, sintiendo su calor y su cercanía. Sin embargo, con un esfuerzo enorme logró deslizarse fuera de su agarre, liberándose del peso de su brazo, que solía anclarla a la cama como un barrote de hierro.

El tono de llamada apenas sonó un par de veces antes de que la conexión se estableciera.

—Hola... —murmuró ella, aferrando el aparato con fuerza contra su oído. Sintiendo su corazón latir de prisa.

—Estefanía —contestó él con el mismo tono de siempre, como si no le hubiera pedido el divorcio en la mañana—. Dime.

Estefanía se mordió el labio inferior y maldijo a Javier dentro de sí, mientras simplemente lo dejaba ir:

—Le presté el auto a Javier esta mañana y todavía no ha vuelto —confesó, tragándose el orgullo—. Sé que estuvo mal, no debí dárselo. Después me regañas o me dices lo que quieras, pero ahora necesito que me ayudes a encontrarlo, por favor.

No tuvo más remedio que echarse la culpa. No iba a permitir que este hombre le hiciera nada a su hermano.

Sin embargo, Cristian no era tonto.

—¿Se lo prestaste? —preguntó él, en un tono que no reflejaba ni sorpresa ni alarma.

—Sí —se apresuró a decir ella, inventándose una historia—. Le di un par de clases en estos días y... y creí que podía manejarlo hasta el colegio. Fue mi error, Cristian.

Del otro lado de la línea se escuchó un leve sonido rítmico, similar al golpeteo de un bolígrafo contra el escritorio.

—Estefanía —la interrumpió él con calma—. Con el trauma que te dejó el accidente de tus padres y lo que te costó aprender a manejar, ¿pretendes que crea que le entregaste el auto a tu adorado hermano? No me mientas.

—Cristian, solo ayúdame a saber dónde está. Es todo.

—No, no será todo —sentenció—. Voy a rastrear el vehículo ahora mismo. Quédate en el departamento y no te muevas de ahí.

Estefania colgó y se desplomó en el sofá, mientras Sonya le traía una taza de té.

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