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El juguete del abogado romance Capítulo 88

Javier notó en ese instante cómo el ambiente se tensaba, cómo aquellos hombres se miraban entre sí, todos con claras interrogantes. Pero no había tiempo para analizar, ni siquiera para pretender ponerse bravucones.

Dos patrullas se detuvieron a pocos metros.

Román, el ganador de la partida, terminó colocando las llaves sobre la palma de Cristian.

Ambos se miraron en silencio. El hombre intentó disimular lo que pretendía: robarse el auto.

—Tranquilo, jefe, solo le estábamos cuidando las llaves —soltó Román, retrocediendo un paso—. Nuestro amigo Javier se tomó un par de tragos de más y se puso un poco terco, es todo.

Cristian hizo una mueca despectiva: mitad sonrisa, mitad desprecio.

—¿Tu amigo?

Los ojos marrones del abogado se posaron lentamente en la cara de Javier, escaneando cada golpe: la barbilla ensangrentada, el labio roto.

Su mirada regresó hacia el hombre frente a él.

—¿Es así como tratas a tus amigos?

Román sonrió un poco.

—Como dije antes, bebió de más y…

No alcanzó a terminar la frase.

Un derechazo directo le aplastó el pómulo, cortando sus palabras y mandándolo de cabeza contra el asfalto.

Nadie se movió.

Cristian lo miró desde arriba mientras decía con una calma escalofriante:

—Entonces supongo que ahora tú y yo también somos amigos.

Ni uno solo de los acompañantes de Román se animó a intervenir.

Ni siquiera la policía parecía dispuesta a hacer preguntas sobre lo que ocurría.

Alguien había sido agredido delante de los oficiales y ellos hicieron como si no hubieran visto absolutamente nada.

Javier, desde el piso, estaba fascinado; jamás había visto un despliegue de tanto poder.

Cristian sacó un pañuelo de lino del bolsillo del saco y se limpió los nudillos con lentitud, antes de ordenarle:

—A la camioneta.

Javier caminó a tropezones hacia el asiento del copiloto.

Uno de los oficiales se acercó a Cristian, manteniendo una mano apoyada de forma casual sobre la funda de su arma. Echó un vistazo rápido a Román, que cubría su nariz ensangrentada, y luego paseó la mirada por los demás hombres, que no se atrevían a dar un solo paso.

—Señor Sterling… ¿cómo quiere que procedamos? —preguntó en voz baja.

Cristian miró al policía a los ojos.

—¿Cómo crees? —soltó con sequedad.

El oficial asintió de inmediato, como si hubiera entendido una orden directa a través de sus ojos helados.

—¡Todos contra la pared! ¡Manos donde pueda verlas! —retumbó la voz del policía a espaldas de Cristian—. Quedan todos detenidos por intento de robo, agresión y apuestas clandestinas.

Al fondo, la gente de Román estaba siendo sometida, mientras Cristian se subía a su camioneta y se acomodaba tras el volante.

El auto avanzó, dejando atrás aquel lugar de apuestas. Pero la atmósfera seguía siendo fría y opresiva.

De repente, Cristian gruñó:

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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