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El juguete del abogado romance Capítulo 89

Estefanía lo miró sin poder creerlo. ¿De verdad quería que dejara a Javier, que estaba en peor estado, para irlo a atender a él?

Sus nudillos solo estaban un poco rojos, no era para tanto; sin embargo, era obvio que Cristian quería ser el centro de su atención.

Era el colmo.

Pero no iba a discutir.

Así que asintió.

—Dame un momento.

Terminó de limpiar el labio de Javier con cuidado y se alejó un poco para mirarlo a los ojos.

—Ve a darte un baño —le dijo con voz suave—. Asegúrate de no tocarte las heridas al enjuagarte. Si hace falta, te las limpiaré de nuevo más tarde.

Hizo el amago de levantarse para acompañarlo, pero la voz de Cristian la detuvo:

—No se va a perder.

Ella apretó los labios, conteniendo la réplica. Ya sabía que no iba a perderse caminando del pasillo a su habitación, pero, luego de lo ocurrido ese día, era normal que no quisiera separarse ni un minuto de su hermano.

Observó cómo Javier entraba a la habitación y cerraba la puerta; solo entonces se giró hacia su acompañante.

En el sillón individual donde estaba sentado Cristian había muy poco espacio para ella.

El hombre, como si esperara que ella se sentara sobre sus piernas, no hizo ni el menor intento de cederle un lugar.

Estefanía bufó para sus adentros, mientras se inclinaba hacia adelante para sentarse muy cerca de él.

No le conocía aquel lado dramático. Hasta parecía que verdaderamente tenía una lesión muy grave.

Él levantó la mano y se la puso frente a los ojos, exponiendo los nudillos.

Estefanía suspiró y la tomó con cuidado, notando al instante la diferencia de tamaño: la mano de él era amplia, firme y mucho más grande que la suya. Unas manos que no deberían ser usadas para pelear ni para la violencia, pero que ahora tenían la piel de los nudillos abierta y enrojecida por haber salido en defensa de su hermano.

Destapó un hisopo y lo empapó con alcohol.

—Gracias por lo de hoy —murmuró sin mirarlo, centrada en la tarea de curar sus pequeñas y casi inexistentes heridas.

—Tú sabes perfectamente qué clase de recompensa estoy esperando.

Sus palabras le dijeron lo que ya sabía. No iba a dejarla salir de esto tan fácil.

Cristian llevaba días acumulando motivos para castigarla —eso, según él—.

Primero se había ido de casa, llevándose consigo una maleta; luego había regresado para redactar el acuerdo de divorcio y dejárselo en la cama.

Él solo estaba esperando una pequeña grieta para dominarla a su manera. ¿Y qué mejor forma que esta? El sexo.

—¿Por qué será que no me sorprende? —siguió limpiando la herida, aunque esta vez apretó con fuerza el hisopo sobre su piel, esperando que el alcohol le impregnara y le ardiera.

Cristian le alzó la cara con la otra mano.

—Si quieres hacerme daño, necesitarás más que eso.

Estefanía lo miró a los ojos con reto.

—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? Dime cómo.

La mano de Cristian, que inicialmente estaba sobre su barbilla, se desplazó lentamente hasta su cuello, rodeándolo, y llegando a la parte posterior de su cabeza.

El hombre la acercó de un tirón hasta que no quedó un solo espacio entre sus rostros.

Su respiración pesada le rozó los labios, haciéndole cerrar los ojos, mientras lo escuchaba decir con voz ronca:

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