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El juguete del abogado romance Capítulo 91

Sentir aquel peso conocido sobre su cuerpo hizo que la respiración de Estefanía se acelerara.

Cristian no la estaba aplastando, aunque podría haberlo hecho fácilmente. En lugar de eso, se aseguraba de ser cuidadoso, recargando su peso en sus antebrazos. Inclinado lo suficiente para pegarse a ella e inundar sus sentidos con el calor que desprendía.

Deslizó una mano por su costado, rozando su piel con la devoción y la tiranía de quien se sabe dueño absoluto de su cuerpo, mientras sus labios volvían a devorar los suyos sin prisa.

Estefanía se dejó llevar por el beso, sintiéndose caer hacia las profundidades de un océano desconocido. No había corriente que la devolviera a la superficie, solo una pasión que la ahogaba y la devolvía a la vida al mismo tiempo.

La lengua de Cristian empujó en su interior buscando la suya. Suave, casi tentativo, antes de enredarse con más insistencia.

Lamió el interior de su boca, chupó su lengua y la atrajo hacia dentro de la suya, succionándola con un ritmo que ya parecía una embestida.

Estefanía gimió bajito, sintiendo cómo sus labios se aplastaban y se separaban, se volvían a unir, salivando, respirando el uno en el otro.

El miembro de su marido, grueso y caliente, presionaba contra su coño a través de la fina tela de su pijama.

Cristian, quien se había asegurado de estar solo en bóxer antes de subirse a la cama, se frotó contra ella sin dejar de besarla, hasta que el calor y la necesidad se hicieron simplemente insoportables.

—Por favor, mi amor —susurró ella contra sus labios, dejando ir esas palabras que había pronunciado tantas veces en el pasado.

Cristian se detuvo por un segundo y la miró.

Sus ojos marrones brillaban, atrapando su mirada como una llama que consumía todo a su paso.

—Sí, tu amor —murmuró él con un tono claramente posesivo—. El único al que le perteneces, el único al que le vas a suplicar.

Estefanía no tenía palabras para negar aquella verdad, así que solo cerró los ojos, sintiendo cómo desaparecía la única barrera que los separaba antes de que la punta gruesa y resbaladiza de su polla se deslizara entre sus pliegues, abriéndolos con cuidado, frotándose arriba y abajo, untándose de jugos, provocándola.

Hasta que… solo empujó.

Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo, sintiendo cómo se hundía por completo, sin dejar un solo espacio sin conquistar.

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