Estefanía no registró ni el toque ni los labios de su acompañante. Ni siquiera la mano atrevida que quiso viajar hasta su trasero.
Todos sus sentidos estaban orientados en una sola dirección.
En él.
El hombre que la miraba a la distancia.
El mismo hombre que no despegaba los ojos de los suyos.
A simple vista podría decirse que solo estaba apreciando el espectáculo. Pero en el fondo, arremolinado en su negro y frío corazón, podía notar las capas de hielo desquebrajándose.
Ella no soltó a Gerardo, Gael o como sea que se llamara. Justo cuando pretendía hacer una maniobra más arriesgada, entreabrir los labios para que sus lenguas se rozaran solo para llevar la tensión al límite, los pies de Cristian comenzaron a avanzar.
Pisadas que, aunque no escuchaba por la atronadora música de la discoteca, sentía en cada fibra de su ser.
El corazón de Estefanía latió de prisa, con la adrenalina al tope. Justo como si subiera una montaña rusa en el punto más alto antes de caer.
Vacío. Frenesí. Explosión.
Pero en este caso no era el viento golpeando su cara; era el estallido de su propia sangre en los oídos, la pérdida total de gravedad cuando un agarre de acero se clavó en su brazo y la arrancó hacia atrás de un tirón, despegándola del muchacho un segundo antes de que un golpe sordo y contundente mandara a su acompañante directamente al suelo.
El crujido seco del tabique al romperse y la mancha de sangre brotando de su nariz fueron la prueba definitiva: aquel golpe no había sido una advertencia, sino algo nacido desde la furia más ciega. La ira de un hombre que ve en manos de otro lo que creía suyo.
Y ella era eso: el objeto que pensó que siempre le pertenecería.
Lástima que no fuera a ser así.
El caos estalló entonces.
La música siguió retumbando en las paredes, mientras un círculo se abría alrededor de ellos.
Gritos ahogados, cuchicheos, personas mirando con consternación.
Cristian se abalanzó sobre él. Sin dudar. Sin frenar.
Un puñetazo en la mandíbula. Luego otro en el pómulo. Y otro más.
Ella había provocado todo esto. Había despertado al monstruo y ni siquiera podía decir que estaba arrepentida.
Pero Gerardo o como fuera su nombre, no merecía aquella golpiza…
Entre una multitud paralizada por el pánico, donde cualquiera habría retrocedido ante semejante muestra de salvajismo, Estefanía dio un paso al frente. Sin temblar. Sin un rastro de miedo en las pupilas.
Se inclinó apenas sobre él, atravesando la música atronadora con una voz fría, clara y contundente:
—Déjalo, Cristian —le ordenó, obligándolo a escucharla por encima del caos—. Él no tiene la culpa. Fui yo quien lo buscó. Fui yo la que quiso besarlo.
Cristian se detuvo con el puño en alto, la respiración desbocada y los nudillos bañados en sangre ajena. Giró el rostro despacio hacia ella, con una mirada enloquecida, incapaz de procesar su descaro.

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