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El juguete del abogado romance Capítulo 98

—¡Suéltame, animal!

Estefanía fue arrastrada al auto sin que pudiera evitarlo.

Nadie la ayudó.

A los ojos de todos, ella estaba siendo llevada por su esposo. Un esposo completamente transformado.

El celular y su pequeña cartera de mano habían sido olvidados sobre la barra del bar. Esperaba que las chicas y Lucas lograran guardar sus objetos personales. Aunque los había dejado abandonados a ellos también.

¡Vaya salida!

Pero no se sorprendía del resultado. Una parte muy macabra y oculta de su mente había planificado todo esto.

Desde que hizo aquel pedido en línea para el vestido, su cerebro maquinó ideas. Todas orientadas a darle una cucharada de su propia medicina.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Estefanía. Oscura y fría.

En ese preciso instante, su espalda chocó contra la carrocería del auto, mientras aquel hombre se cernía sobre ella como una sombra de pura calamidad.

La tomó de la barbilla, apretando el área con sus largos dedos, mientras gruñía:

—¿De qué demonios te ríes?

Entonces ella solo amplió su sonrisa, mirándolo fijamente a esos ojos completamente negros. Su marrón natural había desaparecido desde que la vio en brazos de otro.

—Patético —dijo ella, queriendo soltar una carcajada de pura burla, pero la mano de Cristian, áspera y pesada, asfixió su risa de golpe.

Sus dedos apretaron con brusquedad alrededor de sus mejillas, sellándole los labios y sepultando cualquier otro insulto en su garganta.

Cristian la pegó aún más contra el vehículo, acorralándola hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre los dos. Su aliento cálido, mezclado con la rabia, le golpeó la piel mientras le clavaba una mirada aterradora.

—Estás muy borracha, esposa —murmuró con una voz que vibró directamente en sus huesos—. Más te vale que lo estés.

Y entonces la jaló del brazo y la subió a la fuerza al asiento del copiloto, abrochándole el cinturón de seguridad.

Estefanía se quejó de inmediato.

—Tengo mi propio auto —escupió con rabia, tratando de empujar la puerta antes de que él la cerrara—. No vine contigo. Y no me iré contigo.

Una risa seca y carente de humor escapó de los labios del hombre.

—¿Ah, sí? —soltó con desprecio—. ¿Piensas ser la protagonista de un accidente de tránsito? Nada me daría más lástima que ver la hermosa cara de mi esposa estampada en un parabrisas por andar de borracha… o peor aún, siendo la causa de la muerte de otros. Aunque eso estabas a punto de serlo hoy, ¿verdad? Y sin necesidad de manejar.

—Estoy perfectamente bien —soltó con veneno, ignorando su pulla anterior—. Para mi desgracia no veo doble... con una sola versión de tu maldita cara ya tengo más que suficiente.

Los ojos de Cristian se estrecharon, volviéndose dos rendijas oscuras donde la furia prometía represalias.

—Pues acostúmbrate —sentenció—, porque esta maldita cara es la única que vas a ver en mucho tiempo.

Sin darle tiempo a replicar, azotó la puerta y se subió, arrancando el auto a una velocidad que desafiaba cualquier límite de cordura.

Estefanía se sujetó con fuerza al asiento, clavando los dedos en el cuero mientras el impacto del acelerador la pegaba violentamente contra el respaldo.

El motor rugió y las llantas quemaron el asfalto en un chirrido que retumbó en toda la calle.

Quiso decir algo de que no había diferencia entre que un borracho manejara y él, pero lo único que alcanzó a hacer fue buscar a ciegas la manija sobre la puerta y aferrarse a ella con los nudillos blancos.

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